Frutos de mi tierra tomas carrasquilla




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FRUTOS DE MI TIERRA TOMAS CARRASQUILLA




Segunda parte

1996


L a a t r a b i l i s d e A g u s t o

Jorge Alberto Naranjo M.

1. «El casino literario» y «La tertulia literaria»

El relato que Don Tomás Carrasquilla nos hizo, en su Autobiografía de 1915*, de las condiciones en que se gestó su primera novela, a pesar de su valor testimonial y de los datos que aporta, no permite, lamentablemente, fijar con seguridad

algunos otros, como la fecha -por lo menos el año- de la conversación que dio origen al proyecto de escribir la novela, ni el tiempo que duró escribiéndola; es más, ni siquiera puede asegurarse si la famosa conversación se dio en el seno del Casino Literario, hacia 1890, o en 1892 en alguna sesión de la Tertulia Literaria. Es cierto que tras de examinar los datos disponibles hasta ahora, y gracias a un argumento bastante indirecto, las probabilidades en favor de la fecha de 1890, y del Casino como sede de la conversación, son algo mayores, pero como lo veremos, no resultaría todavía prueba contundente en ningún sentido, de no ser porque allegamos unos datos nuevos.

Según los datos que aporta Manuel Antolínez, la fundación de «El Casino Literario» obedeció a lo que podemos llamar una terapia de posguerra. Finalizado el conflicto bélico de 1885, dice Antolínez que, por causas que ignora (pero que bien vale la pena investigar), muchos jóvenes medellinenses se dedicaron con ahínco a menesteres literarios, y se fundaron varias sociedades y centros. «El Casino Literario» fue, de entre ellos, el de mayor vida y mejores logros. A él pertenecieron, siempre según los datos de Antolínez, Enrique W. Fernández (seud. Betis), Carlos E. Restrepo, Eugenio Prieto, Juan de D. Vásquez (seud. E. Fuentes), Nicanor Restrepo, Rafael Giraldo y Viana, Carlos E. López (seud. Luis Ángel), Camilo Villegas y G., Juan de la Cruz Escobar, Samuel Velilla, Joaquín E. Yepes, José de J. Villegas, J.P. Bernal, Sebastián Hoyos, Gonzalo Vidal, Enrique Ramírez G., Teodomiro Isaza, Antonio José Uribe, Javier Vidal; y por no tener residencia en Medellín, eran miembros honorarios Francisco de Paula Rendón y Tomás Carrasquilla.

Según lo que narra Carlos E. Restrepo en un artículo escrito con el propósito de celebrar el primer aniversario del Casino, la sesión inaugural del grupo se realizó el 25 de octubre de 1887. Y en la lista de los miembros no aparece aún Carrasquilla. Dos años después, en el volumen editado para conmemorar el tercer aniversario con colaboraciones de casi todos los casinistas, ya figura Don Tomás como uno de los miembros, bajo el seudónimo-anagrama fácil de adivinar, Carlos Malaquita, autor de Simón el Mago. Ya que el artículo de Carlos E. Restrepo salió en diciembre de 1888 (1), es razonable suponer que Carrasquilla ingresó al Casino en 1889 ó 1890. Y según los informes de Antolínez, la sociedad casinista se disolvió poco después del tercer aniversario. La famosa discusión sobre si existía o no materia novelable en Antioquia, debió ser posterior al cuento Simón el Mago, pues por algo encargaría Carlosé a Carrasquilla probar que había la tal materia. Según esto, es razonable situar la conversación en 1890 o aún después, ya que en el orden de la relación de Carrasquilla, primero fue la publicación de Simón el Mago (1890) y luego aquella «acalorada» discusión. Es cierto que, según testimonios de quien lo vio, en 1890 ya Carrasquilla está un tanto olvidado de la sastrería, casi por entero dedicado a leer y escribir (Cf. Kurt Levy, Op. cit., p.29 y ss.). ¿Acaso estaba ya embarcado en redactar la novela? También es cierto que en esos años (hasta 1896 dice Levy) Carrasquilla hace esporádicos viajes a Medellín, por negocios de paños o por darse la asomaíta...

Según narra Antolínez, los antiguos casinistas y otros hombres de letras fundaron poco más tarde la sociedad llamada «La Tertulia Literaria», una sociedad «sin reglamento, ni presidente, ni parlamentarismo, con mucho amor al arte y las glorias patrias». A esta sociedad pertenecieron Manuel Uribe Ángel, Camilo Botero Guerra, Lucrecio Vélez, Eduardo Zuleta, Carlos E. Restrepo, José María Escobar, Juan de Dios Vásquez, Rafael Giraldo y Viana, Carlos E. López, José J. Hoyos, Gonzalo Vidal y algunos otros (Cf. «Palique», La Miscelánea, abril de 1896). Antolínez, después de dar esa significativa lista, escribe: «Entre los casinistas que no abandonaron el camino emprendido figura Tomás Carrasquilla». No se asevera que Don Tomás perteneciese a «La Tertulia», pero se deja planteada cierta duda. Notemos que en el grupo figura otra vez Carlos E. Restrepo, quien según Carrasquilla «nació para mandar» y pudo actuar, hasta sin proponérselo -y así la sociedad no tuviera presidente- como presidente ad-hoc. La conversación sobre materia novelable pudo darse, eventualmente, en el seno de esa sociedad; por el hecho de estar en ella Botero Guerra, la fecha no sería posterior a 1892, ya que en 1893 se publicó El Oropel y ello sólo hubiese dado un primer aviso de respuesta a la discusión. Pero no olvidemos que todavía en 1894 Antolínez se preguntaba por la novela antioqueña como si no existiera todavía una indiscutible, que no fuera un mero «croquis» o una «novela breve». Y Botero Guerra era poco propenso a discutir, de suerte que no es difícil imaginarlo hasta de cuerpo presente, pero un tanto risueño y ausente mientras se discute. Si ubico en 1892 la fecha límite es más bien porque la deferencia de los demás miembros hacia Botero Guerra y su trabajo literario -las pruebas abundan- era suficiente para hacerlos caer en cuenta que El Oropel era una primera respuesta afirmativa a la cuestión que se planteó sobre nuestra materia novelable. Y Carrasquilla no deja mayor rastro en 1892 y principios de 1893 en Santo Domingo. De viaje, tal vez? Hay una objeción más fuerte: que Don Tomás no conoció a Eduardo Zuleta personalmente sino después de publicarse Herejías, a fines de 1897. Si la reunión famosa se dio en el seno de La Tertulia, Zuleta no estuvo presente. Es posible; pero lo es menos que en diversas reuniones no coincidiesen...

También es cierto que Carrasquilla afirma que la discusión se dio en el «dicho centro» que le había publicado Simón el Mago. Y todos estos argumentos hacen -como ya se dijo- más probable que la conversación se diera en reunión del Casino hacia 1890. Pero se comprenderá que la demostración no es contundente.

Antolínez da otros informes que fortalecen la deducción: antes de publicarse El Oropel y Rosa y Cruz, de Botero Guerra, en 1893, ya se habían publicado extractos de una novela de Carrasquilla en La Revista Santandereana de Bucaramanga y en El Espectador de Medellín. Antolínez afirma que se prepara la publicación de la novela. Y por cuanto se sabe que Don Tomás escribió una primera versión y luego modificó su estructura y la reescribió; y que varias personas tuvieron oportunidad de leerla antes de que el autor se decidiera a publicarla, se hace más explicable por qué medió un lapso de cinco o seis años entre la conversación y el inicio de escritura de la obra, y la publicación. Todo indica que la obra se escribió con diligencia, en poco tiempo, por ahí en algún invierno duro, por los años de 1890 ó 1891 ó 1892... El relato de Carrasquilla es como sigue:


«Una vez, en la quietud arcadiana de mi parroquia, mientras los aguaceros se desataban y la tronamenta repercutía, escribí un mamotreto, allá en las reconditeces de mi cuarto. No pensé, tampoco, en publicarlo: quería, solamente, probar que puede hacerse novela sobre el tema más vulgar y cotidiano».


2. Sobre el título de «Frutos de mi tierra»

Hay otro dato que puede ayudar a fijar mejor las cronologías. Lo suministra Don Tomás en una carta de respuesta a otra de J.E. Yepes: un ensayo de Palacio Valdés sobre teoría de la novela, llega a manos de Don Tomás y lo anima a rehacer la obra con modificaciones en la estructura, deshaciendo enlaces y dando más unidad a cada una de las dos intrigas principales, la de los Alzate y la de Martín y Pepa; se trataría de localizar el referido estudio de Palacio Valdés, y de investigar si se publicó en alguna revista o periódico de la época. Esto, y la localización de las ediciones parciales de la obra, en la Revista Santandereana y en El Espectador, ayuda muchísimo a la averiguación de las cronologías. Es lo que hemos hecho, con buen resultado.

Se sabe que la obra tuvo seis títulos: Jamones y Solomos es como la conoce Antolínez, tal vez por avisos en las primeras publicaciones de fragmentos de la obra; Jamones y Solomillos es como la conoce Joaquín E. Yepes al momento de quejarse de Don Tomás por el cambio de título (Cf. El Repertorio, junio 1896): Lonjas y Tocinos, afirma Eduardo Zalamea en Leyendo a Carrasquilla, 4 (Cf. El Espectador, supl. 1952), que fue el título original; también menciona Kurt Levy Jamones y Tocinos y Tocinos y Tasajos como título que la novela tuvo antes del definitivo Frutos de mi tierra, casi impuesto a Don Tomás por Jorge Roa y Laureano García O. después de muchas presiones de Pombo, Merchán y otros, y antes de muchas protestas de otros, empezando por sus parientes, que le demandaron volver al «primitivo título». A Don Tomás no le gustaba el escogido finalmente, pero lo defendió con mucha serenidad: en la obra no solamente hay unos «frutos muy podridos y hediondos, hay también otros de regular sabor, y algunos hasta gratos y perfumados», dice en una carta de 1896 a propósito de los reparos que hiciera Pedro Nel Ospina al título final (2). Esta aprehensión del autor sobre su obra merece tomarse muy en cuenta a la hora de comentar la novela: actualmente se insiste con acento exageradito más bien en la visión irónica y sarcástica y crítica de Don Tomás, y se juzga que Frutos de mi tierra retrata sobre todo fealdades y vilezas, y arribismos y ridiculeces, de suerte que hasta Pepa Escandón se decolora y se priva de «garbo y garabato». No parece que tal fuera ni el punto de vista ni la intención del narrador... Títulos como Jamones y Solomos y los semejantes son más expresivos del aspecto liviano y jocoso que Don Tomás resaltaba globalmente en su relato.

Los críticos estuvieron lejos de juzgar unilateralmente esos frutos; sobre Pepa Escandón -para sólo dar un ejemplo, bien significativo eso sí- opinó Don Julián Páez que era una creación luminosa, cuasi-divina, un tipo de mujer enloquecedor, que sólo se halla en la vida de provincia; Carlos E. Restrepo la considera «una simpática excepción» entre las mujeres antioqueñas, mejor retratadas tal vez en las señoritas Palma; Antolínez juzga que en Medellín hay muchas de esas Pepas, sólo que menos frescas para tratarse con pepitos. Y Don Tomás en una carta a Grillo en que se lamenta de los efectos más prosaicos de su novela, le cuenta un chiste triste y una ironía feliz:

«En Medellín me echaron de enemigos a una familia entera: les hicieron creer que eran los Alzates, en cuerpo y alma; y ellos, ¡mira qué talento! se dieron por retratados. La Pepa Escandón si no fue boba: ¡negó a pie juntillas!» (Op. cit. T. II, p. 755).

como para mostrar que Pepa es lo que es porque se lo merece. El gran Pereda, en tanto, ni bolas le paró a Pepita Escandón, absolutamente embelesado con los Alzates... (3).

3. «Frutos de mi tierra», demostración de facto

Frutos de mi tierra fue la prueba elocuente e indiscutible, y a satisfacción de todos los interesados, de que aquí (como en cualquier parte por lo demás) había materia novelable. Carrasquilla en primer término, y el proponente del proyecto de escribirla después; y, luego, Ospina, Antolínez, Yepes, Montoya, Páez, en fin, críticos eminentes de todas partes se declararon de acuerdo en reconocer que la demostración era completa. Las discrepancias fueron de segundo orden, y bajo el acuerdo expreso en reconocer el logro. Discrepancias como la que señalamos entre varios acerca de Pepa Escandón, siempre asumido que Carrasquilla obtuvo lo que se propuso.

Carrasquilla, en particular, habló claramente del logro: la «primera novela prosaica que se ha escrito en Colombia, tomada directamente del natural, sin idealizar en nada la realidad de la vida», dirá de Frutos en la Autobiografía. Y en diversas ocasiones rectificó las apreciaciones que otros hicieron sobre ciertas escenas «inverosímiles», asegurando no haber inventado nada, ni ese robo de tumba, ni esa lluvia de confites en la calle, ni esa pelea de las chicas con la autoridad. «¿Será que la escuela realista de buena pasta tiene de ser idealista al revés? ¿Tendrá la obra imaginativa, para que parezca humana, que ser más común, más real y de todos los días que la realidad misma?»

-pregunta, irónico, a uno de los incrédulos...

La novela se clasificó como «realista», «naturalista», «regionalista», «costumbrista», «de caracteres»; igual cabe considerarla «novela urbana» o si se prefiere «novela de parroquia grande». De todas esas clases presenta rasgos pertinentes, como sin duda lo probaron los diversos comentaristas, de Páez a Pereda. Tal vez resalta entre esas calificaciones la del propio Carrasquilla: novela «realista», «naturalista» -de buena pasta, entendámoslo, nada qué ver con Zolá; y novela de caracteres mejor que de costumbres. Esto es algo que merece atención: pues Frutos está lleno de cuadros de costumbres, como los de la fiesta del siete de agosto en Medellín, y el sermón en la Catedral, como las tertulias de estudiantes en la pensión de Marucha Ramos y las conversas vespertinas y dominicales en el andén frente a las puertas de las casas; y las costumbres de la prendería y del club, y el aguardientico de las once y pico, aperitivo ritual de los viejos medellinenses. Tantos cuadros de costumbres, y tan fieles, que Carlos E. Restrepo juzga el libro como el mejor volumen de historia del período que pudiera imaginarse:


«Los historiadores futuros, teniendo en cuenta que la novela de Carrasquilla es verídico traslado de algunas costumbres nuestras, encontrarán allí más datos para conocer nuestra sociedad, con sus defectos y cualidades, nuestro grado de cultura, etc., que en los periódicos y demás documentos de la época».


Y sin embargo, Don Tomás habla de «novela de caracteres». Juzga haber hecho algo nuevo, más allá de la mera novela costumbrista, y vale la pena que examinemos esto de cerca.


4. Carrasquilla sicólogo

Parece un error suponer que sólo donde hay introspección, monólogo interior, incursión exploratoria en el alma del personaje, hay novela sicológica y un sicólogo en el novelista. Existe, como decía Goethe, una elocuencia de los actos; y hay -como lo saben los buenos analistas- una emisión patente del sí mismo hasta en los actos más triviales. Hay un «discurso manifiesto» cuya coherencia podrá no ser la que se manifiesta, pero que va haciéndose, precisamente, en el modo como aparece. El sueño bien descifrado se vuelve a parecer más y más al sueño tal como se dio, hasta en su inconexión manifiesta, en su aparente sin sentido o trivialidad. E igual sucede con toda otra expresión surgida en la vida cotidiana. Por eso resultan ser tan convincentes los «caracteres» humanos descritos a la manera de Teofrasto o La Bruyère, captados por los comportamientos, los gestos y acciones que acostumbran, las pasiones que dominan el actuar de «tipos», el avaro, el envidioso, el melancólico, etc. Sin embargo Don Tomás es sicólogo y pintor de caracteres en un sentido distinto, y me atrevería a afirmar que más completo. Julián Páez supo expresarlo mejor que nadie:


«¿Cuál es pues el secreto de ese interés creciente? Ese secreto está en el cerebro del novelista: ese cerebro es creador, crea situaciones, las analiza, las dirige, las hace converger a un resultado; y allí donde el común de las gentes nada ve notable ni nuevo, ese cerebro sí ve, y calcula, y adivina, y extrae, como de oculto venero, las riquezas que para otros quedaron a la sombra. Y salen a relucir entonces pasiones escondidas, y acciones, al parecer insignificantes, pero que produjeron tales y cuales efectos extraordinarios, y sentimientos en que nadie se fijó, odios en embrión, ambicioncillas, amores en su cuna, vanidades que se ocultan modestamente, todo ese juego de simpatías y antipatías que es como el hilo de la existencia de las sociedades, todo eso se hace destacar del revuelto fondo por el cerebro pensador, que tiene tarea de buzo, y el público lector asiste, sorprendido, a esa exhibición de novedades, a esa singular clase de anatomía en grande escala. (...)»


Y esto fue lo que sorprendió a casi todos, aunque ninguno lo expresara como Julián Páez: nada extraordinario sucede en Frutos..., ni grandes héroes, ni grandes acontecimientos; gentes por completo corrientes hilan la prosa de este mundo. Los críticos hablaron del arte de Don Tomás; Páez notó al anatomista de caracteres, al «analista» en su «tarea de buzo», al sicólogo de la vida cotidiana. Carrasquilla parece coincidir en el juicio: no es tanto por el arte cuanto por la observación de lo real, por captar directamente del natural la vida, sin idealizaciones, por lo que juzga apreciable Frutos de mi tierra. Reconocemos en ello la actitud de un naturalista -así se autodesignaba Don Tomás-,de un clínico que se aplicó al estudio de un campo social hasta entonces no verbalizado sino por trozos, que de él extrajo los materiales para novelar, los motivos para pintar, los caracteres para recrear...


5. Agusto Alzate, ese atrabiliario

Las honduras del sicólogo Carrasquilla pueden ejemplificarse con lujo de detalles si examinamos el carácter de Agustín Alzate, personaje principal de la novela. Los desequilibrios de su humor son la constante. En él no deja huella la figura paterna. Crece sin afecto, bajo un régimen estricto, con el dinero -y la valía que da el dinero- como único fin de todos los empeños. Con su madre no lo liga sino una relación de interés; afectivamente debe sentir por ella un grave desencanto, cuyos orígenes deja adivinar Carrasquilla en los amores que la señora tuvo extramaritalmente, y que le dieron a Agusto otra hermanita. Con su hermana de sentimiento, Filomena, apenas lo liga un lazo de compañerismo; con sus otras hermanas lo liga un mero cálculo pecuniario; en su corazón las detesta, sobre todo a esa Nieves intrusa, tan distinta de él, tan poquito curtida por la vida. El fondo espiritual de Agusto es de una atonía, de una indiferencia, de una falta de afecto sobrecogedoras. Está vacío, ningún lazo de amor lo ancla a la vida verdadera. Pero se inventa una persona positiva, un figurón, un orden, una imagen pública y privada; ambula por el mundo, presa de violentos cambios de humor, amojonado su rumbo por su rutina, aunque absolutamente extraviado en su delirio de grandeza, y engañado por su propia ilusión. Tiene su monomanía, el dinero, y por él ultraja, roba, engaña. Por el dinero hasta aprendió a escribir y echar números. Y como tiene mucho asume que su imagen vale mucho, y se encanta con lo que ve en el espejo. Si las mujeres no lo miran, es -cree él a pie juntillas- porque él, en realidad, ni las miró... Un día sus vilezas se responden a látigo, en plena calle (los latigazos más justos, según Carlosé) y Narciso se derrumba y se vuelve bolas de rabia y de impotencia, reconcomios y amarguras. «Bilis y atrabilis», dice Don Tomás. Y se abandona a la delectación, a rumiar sus oquedades de espíritu. Con los que lo rodean -porque paga bien, porque los dejó en la inopia- sólo median relaciones despóticas. De las tragedias de Filomena, su único objeto de cariño años antes, sólo le preocupa la suerte de su dinero. Al final uno lo ve perderse en el laberinto de su propia soledad, cerrar la última puerta de su humanidad, ir al encuentro de la locura. Y una voz gime: Ay Jesús!...

Agusto Alzate es víctima de una grave melancolía, de la nefasta atrabilis que ya juzgaron con tanta dureza los antiguos. «Locura propia de tiranos», decía Platón, y de entonces acá se la pinta con los colores más sombríos. Agusto exhibe con mucha propiedad los atributos del atrabiliario: arisco y triste, mezquino y rencoroso; egoísta, narciso e infatuado. Y no tiene «cualidad redentora» -para hablar como los cristianos. Carrasquilla, que tan cuidadosamente estudió a éste y otros atrabiliarios (el padre Casafús, por ejemplo), nos dejó en Agusto Alzate el cuadro exacto de un devenir melancólico cuando faltan «una luz intelectual» y «un sentimiento elevado» que embellezcan y dulcifiquen tanto frío y sequedad de alma, tanta acidez del humor.


6. De «Frutos de mi tierra» a «Luterito»

Durante la última década del siglo XIX, Carrasquilla escribió mucho y muy bueno. Primero fue Frutos, cuya cronología ya hemos logrado precisar bastante: la conversación sobre si aquí había o no materia novelable fue en el Casino Literario hacia 1890. Entre ese año y el siguiente escribe, en Santo Domingo y durante los días de invierno, el primer mamotreto. En la Revista Santandereana de diciembre 6 de 1891, Nos. 5-6, publicóse un fragmento de una novela de Carlos Malaquita, Jamones y Solomillos, que corresponde a la versión preliminar del capítulo X de la novela. Este hallazgo mereció un capítulo aparte, por cuanto -además de contribuir a aclarar la cronología de Frutos... permite averiguar, por el cotejo entre las dos versiones, de qué tipo eran los pulimentos del orfebre, con qué criterios corrige, matiza, hila y deshila sus propios textos Don Tomás*. Y en agosto 2 de 1893 publica El Espectador un fragmento de la novela inédita Jamones y Solomos, de Tomás Carrasquilla, intitulado Medellín y el Cucaracho, que corresponde al capítulo XXVI, primera parte, sin modificación respecto de la versión final. Según esos datos se infiere que Carrasquilla pudo terminar el primer mamotreto y hasta pulirlo, entre 1891 y 1893. Para estar seguros sólo falta localizar el estudio de Palacio Valdés. Los tres años siguientes corresponden a los trámites editoriales (lectura de la novela por varios amigos y parientes, decisión de publicarla, viaje a Bogotá a fines del 95, intensa correspondencia) hasta que sale la pulcra edición a comienzos de 1896.

Varios acontecimientos de esos años alteran drásticamente las costumbres y el ánimo de Carrasquilla. La muerte de su abuelo Bautista debió calar hondo en su alma, y ponerlo memorioso: una ausencia así es como el secarse de una corriente de agua, el silenciarse de un río de palabras. Tuvo que darse la palabra él mismo a partir de entonces. Pero el abuelo Bautista hizo bien su obra, espiritual y material. También dejó al nieto cierta fortuna, con la que emprendieron viaje a Medellín y se instalaron cómodamente en casa construída a su propio gusto. Carrasquilla se dedica a escribir, por duelo y por vocación. El estímulo que fue la recepción entre los críticos de su primera novela no es de desdeñar tampoco.

Durante el quinquenio de oro de nuestras letras, que él mismo inauguró magníficamente con Frutos de mi tierra, Carrasquilla publicó sucesivamente:


1. Frutos de mi tierra, Librería Nueva, Bogotá, 1896

2. Simón el Mago (reed), La Miscelánea, enero 1896

3. En la diestra de Dios Padre, El Montañés, septiembre 1897

4. Herejías, La Miscelánea, septiembre 1897

5. Blanca, El Montañés, noviembre 1897

6. Dimitas Arias, El Montañés, diciembre 1897

7. El ánima sola, El Montañés, agosto 1897

8. San Antoñito, El Montañés, enero 1899

9. El baile blanco, El Montañés, abril 1899

10. Luterito, La Miscelánea, abril 1899


En esta lista elocuente hay varias novelas breves, cuentos, cuadros, y un ensayo estético. Varias obras maestras, dos o tres cimas de nuestra literatura. Carrasquilla es como el alma del quinquenio de oro y la columna vertebral de ese corpus narrativo gestado en esos años. Hubo muchos escritores y obras de importancia en el quinquenio, hubo otras cimas estéticas, otros artistas de la narración; pero Carrasquilla no hay sino uno.


* El Gráfico, 29 de mayo de 1915.

1. En La Miscelánea. Cfr. Levy, Kurt. Vida y obras de Tomás Carrasquilla. Ed. Bedout, Medellín 1958. cap. I, No. 59.


2. CARRASQUILLA, Tomás. Obras completas. Ed. Bedout, Medellín 1958. T. II, p. 749. Ed. Epesa, Madrid 1952, p. 2072.


3. Acerca de Pepa Escandón como persona es interesante la referencia a ella dada por Gonzalo Vidal, en Monólogo de la Estatua de Berrío. El Repertorio, 1896.


* Cfr. en este mismo volumen, pp. 87-100.

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