Personas queridas?




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LOS CUADERNOS

DE LA ESPERANZA


dirigidos y publicados por Filippo Liverziani

El Convivium, centro de estudios

y comunidad de investigación

Via dei Serpenti, 100, 00184 Roma, Italia


6


¿ES DIOS QUIEN NOS ROBA LAS

PERSONAS QUERIDAS?


1. ¿Es Dios quien nos roba las personas queridas? Sobre el problema del mal.

2. Un Dios que necesita de los hombres.

3. Supervivencia y fe.

4. Más allá de las voces.

5. Los mensajes son un don.

6. Cómo vivir nuestra esperanza.

7. Una experiencia de vida hacia el conocimiento.

8. Los sueños.


Traducción: Alfredo Camarero Gil

¿ES DIOS QUIEN NOS ROBA LAS PERSONAS QUERIDAS?

SOBRE EL PROBLEMA DEL MAL


Nos encontramos continuamente con la presencia del mal, y, a poco que reflexionemos, no podremos dejar de preguntarnos el por qué de tantas cosas que nos hacen sufrir física y moralmente de forma, a veces, intolerable.

Si además vivimos una vida religiosa, si creemos en un Dios bueno, sabio y providente, no podemos dejar de relacionar la realidad de este Dios con la realidad de males muchas veces tan graves, tremendos y atroces. Viene entonces la pregunta: ¿cómo puede un Dios sumamente bueno permitir tantos males?

Se dice que Dios es omnipotente. Y entonces se siente uno tentado a plantear esta alternativa: si Dios permite ciertos males, quiere decir que es bueno pero no omnipotente, o bien que es omnipotente pero no es bueno.

Y he aquí la conclusión que toca tan de cerca al hombre religioso: si Dios no es omnipotente, ¿cómo puedo respetarlo? En otras palabras, ¿qué clase de Dios es? Pero si no es bueno, ¿cómo puedo amarlo?

Este doble interrogante, siempre tan dramático, va más allá de lo genérico y toma connotaciones muy concretas cuando lo aplicamos al caso que aquí nos interesa de cerca: la muerte de nuestros seres queridos, sobre todo de un hijo, de un jovencísimo.

Creédme, no planteo este problema a la ligera. Lo he dudado largo tiempo antes de plantearlo en lugar de otro cualquiera, en el que habría podido más fácilmente decir cosas más tranquilas y generalmente aceptadas por todos. Si he decidido tratar este tema, ha sido porque, al dirigirme a los compañeros de la Esperanza y a los amigos del Convivio, sé que hablo a personas maduras, que, aunque traumatizadas por graves lutos, no quieren simplemente ser consoladas, sino que buscan la verdad y quieren buscar una razón de las cosas en términos reales y no imaginarios.

Por más que estoy convencido de dirigirme a un público preparado para afrontar ciertos temas, quiero no obstante hacerlo con toda la delicadeza posible, con todo el respeto a las convicciones y creencias de quien pueda sentir las cosas de manera distinta a la mía.

Especialmente el que ha perdido un hijo pequeño puede pasar por momentos de auténtica, de profunda desesperación. Puede llegar a imprecaciones contra un Dios que le ha «llevado» ese niño, esa muchacha, ese joven en una edad tan prematura y llena de esperanzas, truncando la vida en pleno florecer.

En este punto se siente uno tentado a decirle al Señor: «Eres omnipotente, pero no has sido bueno conmigo: si Tú no has actuado en primera persona, has permitido al menos lo que habrías podido impedir, en Tu omnipotencia, sin ningún trabajo, con un simple acto de Tu pensamiento».

Está también el que plantea el problema en términos antitéticos, renunciando a plantearse cualquier problema. ¿Puede la criatura discutir con el Creador? se pregunta. La lógica de Dios está demasiado por encima de nuestra lógica de hombres. Seguramente existe una razón; pero está demasiado elevada para nuestra capacidad de comprensión.

Otra solución es la de aquél que, en lugar de renunciar del todo a pensar y a servirse de cualquier lógica, se sirve de una lógica humana, tal vez insuficiente por supuesto, con el fin de justificar a Dios de alguna manera a los propios ojos. Se dirá, en este caso: «Dios es omnipotente, pero también bueno. Si Él, ha permitido un mal, es con vistas a un bien mayor. Él se ha llevado a mi hijo, o ha permitido que me fuera llevado, pero lo ha hecho porque, a pesar de todas las apariencias, se había cumplido su tiempo de vida en esta tierra, mientras que en el cielo le esperaba una misión más alta». En este caso, se concluirá que Dios ha querido o ha permitido un mal con vistas a un bien mayor.

Está también el que observa que, justo como consecuencia de un duelo gravísimo, se ha convertido a una vida más intensamente religiosa y mucho más significativa. Es Dios mismo, concluye, el que ha dispuesto, o permitido, que no sólo aquel alma joven ascendiera a una condición mejor, sino que, además, los padres sacasen de ello un fruto espiritual importante. Este bien les habría llegado, incluso, por la mediación de aquel alma, que en cierto sentido habría actuado como vehículo de la gracia divina. Con mayor razón una persona inicialmente desesperada acaba por sacar del propio luto, motivo de agradecimiento y de alabanza a la Divinidad.

Pero otro se pregunta, Dios, que lo puede todo, ¿no habría podido darnos aquel bien mayor evitándonos ese desgarro del alma, ese paso tan doloroso, tan atroz? La cordura del buen administrador ¿no consiste tal vez en conseguir los mejores resultados con el menor costo posible? La construcción de las pirámides y de los monumentos más grandiosos de la humanidad exigió sudor y sangre e innumerables sufrimientos. Tal vez era un camino obligatorio, en las condiciones de entonces, si no se quería renunciar a llevar a cabo aquellos proyectos. Pero ¿cómo juzgaríamos de una empresa constructora moderna que no preparase todo lo posible para permitir a los obreros trabajar en condiciones de seguridad, sin tener que sufrir más allá de lo estrictamente necesario? Un Dios que nos concediera un bien a través de tantos sufrimientos ¿no se mostraría tal vez bastante peor que el peor de los administradores de las cosas de este mundo? ¿Sería Dios menos precavido que constructores célebres de algunos palacetes, de algunas presas... ?

Se presenta aquí la tentación de abrir el proceso a la divinidad. En este punto, los hay que se ensañan en el acta de acusación, concluyendo que, al fin de cuentas, la única excusa válida que Dios tendría sería la de no existir en absoluto.

Hay, por otra parte, una línea de defensa que puede consistir en rebajar la entidad del mal. Se acaba, en definitiva, negando la realidad del mal en cuanto mal. Lo que a primera vista parece malo, es en realidad bueno.

Se comienza diciendo que todos aquellos que parecen malos, si los consideramos luego en una visión más panorámica, acaban revelando que no son otra cosa que las sombras de un cuadro, cuya función estética es poner en evidencia las luces.

A la misma persona que se extasíe contemplando el espectáculo de la armonía de conjunto que de ello resulta, habría que entrevistarla cuando le sucediese también a ella personalmente una gran desgracia: y habría que ver si entonces cambiaba de idea, por casualidad.

Tal vez insistiera en la actitud tomada para no darnos la razón, pero pienso que algo cambiaría también en ella, al menos en lo más íntimo, con relación a aquella actitud de pura beatitud contemplativa de las desgracias ajenas.

Por supuesto digo esto en términos puramente teóricos: ¡sería un verdadero monstruo si deseara, en concreto, el mal de alguien sólo por la satisfacción de oírle decir que sí, que tengo razón, que el mal verdaderamente existe!

¿El pecado es un mal? Se nos pregunta. Y se nos da, gradualmente, una respuesta del tipo siguiente. Pecar, dicen muchas personas, quiere decir obrar de manera equivocada. Ahora bien, nos equivocamos porque no conocemos suficientemente. Pero un conocer más limitado es también siempre un gradito a añadir a un conocimiento mejor. Por tanto, si el conocer limitado es un bien menor, también lo es el pecado. El pecado es un bien, aunque sea muy pequeñito: es un bien pequeñito que crecerá. Se concluye así que esto, como mal, es decir como pecado en sentido propio, no existe. Es una conclusión un poco rara, un poco paradójica, digámoslo así, para terminar pronto. Y son todavía muchísimos los que están muy dispuestos hoy a suscribirlo.

Pero el mal, se dice, consiste también en el dolor, en el sufrimiento. En este punto los que se han propuesto minimizar el mal a toda costa dicen que tantos sufrimientos templan el ánimo, reafirman el carácter. Y ésta es una conclusión no menos expeditiva, no menos aproximativa, que forma con todas las hierbas un haz sin apenas distinguir: si el sufrimiento templa los ánimos dicen ya no es una mal.

Se olvida aquí que existe, sí, un sufrimiento que provoca una reacción positiva, pero existe también un sufrimiento que aplasta, que destruye. Y es justamente este aspecto, francamente negativo, del sufrimiento el que nuestros amigos no quieren ver en absoluto.

Una variante de este negar el carácter de auténtico mal al sufrimiento tiene lugar cuando se consideran ciertos sufrimientos como el justo castigo de las propias culpas. La culpa habría producido en nosotros un desequilibrio. Tanta culpa en un platillo de la balanza se compensa con un sufrimiento de la misma entidad que pone la balanza en equilibrio. Pero un sufrimiento que restablezca el equilibrio y la armonía no es tampoco un mal: es claramente un bien, se concluye, aunque aquí de forma un poco extraña.

«Pero ¿qué culpas he cometido yo en mi vida», se podría preguntar entonces el ciego de nacimiento, el hombre venido al mundo con una anomalía de suma gravedad, «para merecer esta enfermedad que precede a mi nacimiento?». También aquí nuestros amigos tienen una explicación rápida, y no de su invención sino heredada, aceptada durante siglos y milenios: «Ciertamente, querido, tú has cometido el mal en una vida anterior. Y lo que ahora aceptas sufrir es para ti un medio de purificación». También en esto tratan de demostrar que el mal en cuestión es sólo aparente: se transforma, en realidad, en un bien.

En una palabra, todo está bien y va de bien en mejor. Si se me permite ahora expresar mi opinión, tengo que decir que francamente no estoy muy de acuerdo con todo este optimismo. Para mí el mal existe verdaderamente como mal. Tanto el mal moral, es decir la culpa, el pecado, como el mal físico, esto es el dolor, el sufrimiento, son dos tremendas realidades indiscutibles.

El que tenga dudas sobre la existencia del mal moral que mire a su alrededor, y en primer lugar que se mire a sí mismo. Yo estoy habituado a juzgarme a mí mismo antes que a los demás. Pierdo menos tiempo, gasto menos energías cuando tomo conciencia de mi mal, al que, si quiero, puedo poner más fácilmente remedio. Pues bien, si se me permite hacer esta confidencia a los amigos, he cometido tantas veces y sigo cometiendo acciones equivocadas no porque me hago la ilusión de que son justas, sino con la plena conciencia de que son equivocadas y negativas. De la experiencia del mal moral soy plenamente consciente y estoy convencido por experiencia directa.

Otra experiencia directa y primaria que tengo es la del mal físico. Así es como llaman los filósofos a ese mal que hacen consistir en el dolor, en el sufrimiento, que por otra parte puede ser también de tipo espiritual. Teniendo en cuenta que, al menos hasta ahora, no he pasado por ciertos sufrimientos, considerando los sufridos hasta ahora y sacando la suma me he hecho una idea bastante clara de que existen, grosso modo, dos grandes categorías de dolores: están los que te templan es un hecho indiscutible y están aquellos dolores que no te templan y no te forman en nada, absolutamente en nada. Te machacan y se acabó. En los campos nazis de concentración el padre Maximiliano Colbe se hizo santo, realizó el sacrificio sublime de ofrecerse a morir en lugar de un padre de familia y la Iglesia lo ha elevado al honor de los altares, ¡pero cuántos, en su situación, no se envilecieron hasta lo más bajo de la abyección!

La realidad del mal es para mí completamente evidente, de una evidencia primaria. No por esto quiero hacer el más mínimo esfuerzo por convencer a alguien de que el mal existe realmente. ¡Si se trata de atestiguar la existencia del bien, la existencia de Dios, de la que también estoy convencido, entonces sí pongo todo mi empeño! Pero para convencer a alguien de que existe el mal... francamente no muevo ni siquiera el dedo meñique. No sólo por pereza, sino por respeto a las personas que tengo delante.

La realidad del mal, si se analiza hasta el fondo, es tan dramática, que no todos son capaces de soportarla. Así afrontan muchos el mal que llega poco a poco la espera nunca es demasiado larga y, cuando llega justamente en proporciones masivas, tratan siempre de reducirlo a dosis más razonables. Hacen esto tratando de hacer el mal más soportable. Es una finalidad que logran sobre todo cuando consiguen, como se dice, «darse una razón».

Como a mí me gusta llamar a las cosas por su nombre e investigarlas con el rigor más despiadado, ésta sigue siendo mi manera de buscar. Puedo ser despiadado conmigo mismo, pero no lo sería para corregir con demasiada severidad a quien me negase la realidad del mal con el único fin de poder afrontarlo y soportarlo mejor.

Antes incluso de buscar la verdad, tratamos de sobrevivir, y cada uno tiene sus puntos de apoyo; cada uno tiene, digámoslo claramente, sus muletas. Quisiera limitarme aquí a manifestar cómo afronto yo ese problema tan fundamental, tan profundo y tan tremendo.

Para mí el mal existe, existe en toda su crudeza. Y el drama es justamente éste: que, en la medida en que se da realmente en la existencia, el mal no tiene una razón de ser. El mal es irracional e irrazonable. Si fuera racional y razonable, ya no sería mal, sino justamente un casi-bien, como ése que proponen los amigos de los que se ha hablado hace un momento.

El mal existe, y Dios también. La realidad del hecho del mal me consta, como decía, por una experiencia, pero es también una experiencia la que me da testimonio de la realidad de Dios. En este caso, se trata de una experiencia espiritual. Es una experiencia íntima, la más íntima que se pueda concebir, si es verdad que Dios es en nosotros absolutamente más íntimo de lo que podamos tener de más profundo en nuestro ser.

En resumen: esta experiencia me dice no sólo que Dios existe, sino que es bueno, que es una misma cosa con el bien. Yo, en lo más íntimo, noto la presencia profunda de Dios como puro principio del bien sin sombra alguna de mal. Esto me hace incapaz de atribuir a Dios cualquier iniciativa que no sea de puro bien. No logro en absoluto hacerme a la idea de que Dios pueda hacer o permitir ningún mal, ni aunque sea para un bien mayor.

Ni tampoco logro concebir que pueda darse en Dios una multiplicidad de actos, una sucesión de actos, uno distinto de otro. No logro en absoluto ver a Dios como una especie de carpintero que crea el mundo lo mismo que, por ejemplo, se crea una mesa: haciendo en primer lugar un proyecto que se expresa en un diseño, para pasar luego a fabricar un trozo y después otro y un tercero y así sucesivamente, para ensamblarlos finalmente los unos con los otros. La creación no es un «ahora hago esto y después esto otro con el fin de lograr al final esto otro».

La acción divina, para mí sólo se puede concebir como irradiación continúa, incesante, infinita de verdad y de bien, de existir y de poder, que luego son sólo diversos aspectos de una misma realidad absolutamente simple en sí misma. La creación es, para mí, un acto simple, un único acto con el que Dios nos da todo el bien posible, todo el ser posible, sin límites.

Los límites son los nuestros. El bien infinito que Dios nos da lo recibimos en la medida limitada en que nos abrimos a Él. El sol irradia su luz con una fuerza extrema, pero la tierra está lejos y por tanto lo recibe débilmente. Luego, ese paso está, ahora, cubierto de nubes. El lugar donde nos encontramos tiene una ventana muy pequeña. Además, los cristales de la ventana están muy sucios. Y en consecuencia el pequeño rayo de sol que logra penetrar por ella ofrece una luz tenue y sumamente pálida.

Dios creó el mundo, se dice. Pero el mundo se creó también por sí mismo, en términos de crecimiento. Para dar una idea de cómo la criatura debe crearse también un poco por sí misma, daré un ejemplo, como siempre inadecuado, pero bastante claro y comprensible.

Los padres no crean ciertamente, sino que procrean un hijo. Éste forma una unidad total con la madre, pero luego se separa de ella, y poco a poco aprende a caminar por sí mismo, a comer por sí mismo, a estudiar, a trabajar, a tomar personalmente decisiones cada vez más importantes. Al final es completamente autónomo. Moralmente no es dueño de su destino, porque tiene deberes; pero es libre para decidir si cumple o no su propio deber, es libre para decidir cómo quiera.

Así la criatura de Dios es cada vez más autónoma y libre para obedecer al mismo Dios, para cooperar en la creación del mundo según la divina voluntad, o por el contrario para actuar de manera contraria, en la dirección del mal. Esta libertad es efectiva, no es una libertad sólo de palabra.

Los padres dan la existencia a un hijo no sólo procreándolo, sino educándolo. A medida que avanza la obra educativa, los padres dejan a su criatura un espacio cada vez mayor. Ay, si no lo hicieran: el hijo ya no sería autónomo, crecería como una niña pepona. A los cincuenta años sería todavía acunado por la mamá. Sin duda crecería mal, para ser un hombre incompleto. Así también Dios, en la creación, se retira cada vez más para dejar a las criaturas cada vez mayor espacio.

Esto quiere decir que la misma criatura coopera en la creación: en la creación tanto propia como de todos los demás seres. Cada criatura es libre de ofrecer a Dios la propia colaboración, pero también de negársela. Cada criatura es también libre para actuar como si Dios no existiera, y para poner el centro de la propia vida no en Dios, sino en sí misma.

Y cuando la criatura vuelve la espalda a Dios, Dios mismo se hace impotente. Entonces, Dios puede decir con Jesús: «Mi reino no es de este mundo». En efecto, Dios reina en esta tierra sólo de forma limitada. Lo confirma la misma oración que Jesús nos enseñó: «Padre nuestro que estás en los cielos... venga Tu reino, hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo». De momento, el reino de Dios se concentra en esa esfera absoluta que parece el dominio más propio de la Divinidad. Se concentra en lo que llamamos el cielo en sentido espiritual, del que la bóveda estrellada es imagen simbólica. En esta tierra Dios es generalmente desconocido, ignorado, ofendido, hasta puesto en cruz.

Está claro que Dios no puede ser crucificado en su divinidad, sino sólo en su presencia en el mundo. Nosotros podemos diariamente matar a Dios: no a Dios en sí mismo, por supuesto, sino a Dios en cuanto participa en nosotros, en su estar presente en la creación.

Aquí en esta tierra la presencia de Dios es débil. Sin embargo sabemos que, al final, Él prevalecerá y extenderá su propio reino sobre todas las cosas. Y entonces habrá concluido la creación, el mundo será perfecto. Las profecías del hebraísmo, del cristianismo, del mismo islam coinciden en esta visión de lo que será el resultado final de la historia y de la total evolución cósmica.

Al final Dios reinará también sobre la tierra, como ya reina hoy en el cielo de las almas que viven sólo de Él y por Él. El triunfo final de Dios llegará también por medio de los hombres: la misma criatura debe cooperar. Por esto, como dice también el título de una hermosa película, Dios tiene necesidad de los hombres.

Esto requiere, como condición previa, la conversión de toda la humanidad, su purificación de todo pecado y tendencia al pecado. Es lo que sucederá en lo que la Biblia llama el Día del Señor, el día de la Resurrección universal, del Juicio final, de la Parusía de Cristo y de la Palingénesis o Regeneración de la humanidad y de la misma naturaleza, de todo el cosmos.

Quisiera volver al punto de partida de estas consideraciones. Un padre se pregunta después de la muerte de su hijo: «¿Por qué me han robado a mi hijo en edad tan juvenil y llena de esperanzas?». Hemos reflexionado, esquemáticamente, sobre las distintas respuestas posibles prescindiendo de la atea que muchos se dan a su nivel de toma de conciencia, en armonía con convicciones que son no obstante respetadas.

«Dios me ha robado injustamente el hijo, o no ha movido un dedo para salvarlo. Ha sido injusto y malo conmigo». Esto puede sonar como una blasfemia. Pero ¿qué decir al que vive esta situación de acuerdo con esa particular toma de conciencia? Hay que respetar su sufrimiento.

«Dios ha hecho mal, o al menos lo ha permitido, para traernos un bien mayor». Aquí, a mi personal modo de ver, el afirmar que Dios hace o permite el mal bajo cualquier pretexto podría sonar igualmente a blasfemo, en cierto modo. No suena así, por supuesto, en la intención del que siente y razona en estos términos. Yo no estoy de acuerdo con esta persona, pero la respeto. Probablemente esa hermana, ese hermano necesita ver las cosas en esos términos, para darse una razón del propio luto, para poder afrontar y soportar mejor la propia desgracia. Y yo ¿qué debería decirle?

Existe, finalmente, el que, para ponerse en situación de soportar aquel mal, necesita llamarlo «bien». No tengo ninguna prisa por llevar a esa persona a mis ideas.

Me limito a exteriorizarla esta convicción mía personal sin ejercer ninguna presión. Porque si mi amigo, o mi amiga, necesita organizarse la mente de aquella otra manera, sería ilícito por mi parte sustraerle, o quitarle, esa ayuda, aunque se tratase sólo de una muleta, que permitiera de alguna manera a ese semejante mío mantenerse en pie.

Según mi visión personal, Dios nos da el bien y sólo el bien, pero su difusión está limitada por la actuación contraria de sus criaturas. El mundo se libra del pecado, porque todas las criaturas, cooperando con Dios, pueden ayudarlo eficazmente a realizar la creación. De momento, la presencia de Dios en esta tierra está crucificada. Dios mismo es crucificado en nosotros por nuestro pecado. ¿No es tal vez, la nuestra, la religión del Dios crucificado?

¿No es tal vez esta religión de un Dios crucificado la más difícil, la más hostil, digamos también la más escandalosa a los ojos de quien desde siempre está habituado a concebir la Divinidad sólo en términos de poder? A nosotros nos corresponde devolver a Dios ese espacio que le hemos arrebatado con nuestro pecado, permitiéndole renacer en nosotros y, a través de nosotros, en toda realidad.

Nuestro ser querido nos ha sido llevado no por Dios, sino por un conjunto de circunstancias que forman parte de una realidad de pecado y de muerte, de la que Dios es parcialmente excluido. Si, con motivo de la muerte de una persona amada, se produce en nosotros una conversión, ésta sí que es Dios ciertamente quien la realiza. Pero lo hace interviniendo en una situación no querida propiamente por Él. Dios no hace ni permite ningún mal, pero se introduce en una situación en cierto modo negativa para traerme todo el bien posible. En nosotros está el ofrecer a Dios toda la ayuda posible. En nosotros está el no resignarnos. En nosotros está el evitar llamar al mal con el nombre de bien. En nosotros está el evitar volver a ver una pretendida voluntad de Dios en cosas que serían por el contrario definidas como negativas y separadas de la voluntad divina. La voluntad divina plena es la que deberá triunfar al final, y nosotros debemos asumir toda nuestra responsabilidad de manera plenamente consciente y adulta.

He manifestado mi punto de vista, aun sabiendo que no puede ser compartido por todos, mientras, por el contrario, podemos y debemos estar de acuerdo en la necesidad de amarnos, de compren-dernos, de ayudarnos recíprocamente en esta búsqueda común de Dios, verdad absoluta y bien nuestro sumo, único y verdadero.


UN DIOS QUE NECESITA DE LOS HOMBRES


El Dios en que no creo es el título de un libro de espiritualidad de Juan Arias. Y es también, más en concreto, el título del capítulo final, donde Arias hace una larga lista de cualidades que muchos atribuyen a Dios: pero a un Dios que él, personalmente, no está dispuesto a aceptar. Arias rechaza abiertamente el Dios que tantos hombres, creados a Su imagen, acaban por recrear según la propia imagen. Hacen de Él, en efecto, un retrato nada seductor.

Del largo listado de atributos no simpáticos que una imaginación poco inspirada ha aplicado a la Divinidad quisiera entresacar, a título de ejemplo: «El Dios que se hace temer... El Dios que no se deja tratar de tú... El Dios que «juega» a condenar... El Dios que «manda» al infierno... El Dios del «me las pagarás». El Dios mudo e insensible en la historia frente a los problemas angustiosos de la humanidad que sufre... El Dios de aquellos que pretenden que el sacerdote rocíe con agua bendita los sepulcros blanqueados de sus sucias maniobras... El Dios que destruye la tierra y las cosas que el hombre más quiere en lugar de transformarlas... el Dios incapaz de divinizar al hombre haciéndolo sentarse a su mesa y dándole su herencia... El Dios incapaz de enamorar al hombre... ». Los ejemplos pueden terminar, más o menos aquí: creo que lo hemos comprendido bastante bien.

Quisiera detenerme en «el Dios que ama el dolor». Y luego, sobre todo, en «el Dios que “causa” el cáncer, que “envía” la leucemia, que “hace estéril” a la mujer o que “se lleva” al padre de familia que deja cinco criaturas en la miseria».

El discurso llega a un punto delicado. Estoy a punto de criticar una actitud que, por desgracia, es demasiado frecuente entre nosotros. Y siento la necesidad de decir inmediatamente que lo hago con el máximo respeto para el que ve y siente las cosas de forma distinta. Estamos aquí no para darnos la razón unos a otros a toda costa, sino para debatir los problemas, para comparar puntos de vista y actitudes que podrían estar también, unos respecto a otros, en las antípodas. Lo importante es que hagamos todo esto en el espíritu más amistoso y con la máxima educación.

Muchos atribuyen sus desgracias a la voluntad divina. Cuando se les muere una persona querida, dicen: «Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado». Con todo el respeto, no me parece una solución correcta del problema. Y, como actitud religiosa, no me parece realmente la más justificada.

Se da, no obstante, una motivación psicológica sin duda. Lo irracional asusta a muchas personas. Si sucede algo, también muy negativo, hay una razón, se dice. Estamos, se dice también, en las manos de una Divinidad omnipotente y buena, que si nos ha quitado a esa persona querida lo ha hecho por razones justas, por lo que la justicia y la bondad de algunas de sus motivaciones pueden escapársenos.

Nos consolamos diciendo que Dios nos ha quitado a la persona querida por su bien, o por un bien para nosotros en realidad un poco misterioso y difícilmente comprensible. Él, sin embargo, nos devolverá a esa persona cuando pasemos también nosotros a mejor vida en la otra dimensión, donde podremos encontrarla de nuevo para ya no separarnos.

Sigue el problema de cómo puede Dios querer determinadas atrocidades, o al menos permitirlas. Si se dice «Dios no lo ha querido, no lo ha hecho, sólo lo ha permitido» la distinción es sutil pero no cambia nada: no quita nada a la responsabilidad de quien se ha limitado únicamente a permitir.

Un niño cae en una fuente y se ahoga. Con un esfuerzo mínimo yo habría podido salvarlo. No he movido ni un dedo. «¿Qué mal hay en esto?» podría preguntarme, «¡no he sido yo el que lo ha tirado al agua!» Una justificación de este tipo, ¿no resultaría falsa e hipócrita en su forma más abyecta?

Y entonces ¿por qué imaginarnos a Dios en términos tan monstruosos? Se me ocurre decir espontáneamente, parafraseando a Arias: he aquí un Dios en quien no creo, en quien me niego a creer. Mejor un horizonte ateo honesto y limpio que sentirme en las manos de tal Dios.

Antes todavía que un Dios a quien amar y adorar, necesito un Dios en el que no blasfemar. Por tanto una determinada imagen de nuestro Creador, tan poco amable, todavía menos estimable, se la regalo a quien se conforme con ella.

En este punto se nos puede objetar: si no se moviese una hoja sin que Dios lo quisiera, o al menos sin que lo permitiera, eso significaría que no es omnipotente.

La omnipotencia: he aquí un atributo que no sólo al Biblia, sino el mismo Corán atribuyen a Dios. Es un atributo esencial del Dios monoteístico.

La omnipotencia tranquiliza. Los hebreos se sentían seguros pensando que el Dios de sus padres es, al mismo tiempo, el Creador del cielo y de la tierra. Nuestro Dios, pensaban, nos ayudará a superar toda adversidad.


Cierto, no todos sus decretos son igualmente comprensibles. Muchos, como Job, podían sentirse a veces maltratados o abandonados por tal Dios. Pero consolaba mucho a los hebreos el pensar que, si Dios castigaba sus pecados, premiaría finalmente sus buenos comportamientos. Mejor sentirse en las manos de un Dios un tanto irascible, un tanto vengativo, añadamos un tanto «extraño», que se preocupa demasiado por las formalidades, que sentirse a merced del azar, de una fatalidad completamente ciega.

Una mentalidad de este tipo es compartida también por muchos de nosotros. Les invito serenamente a considerar con más atención cada uno de los datos que poseemos, para poner a prueba si y hasta qué punto, su interpretación permanece en pie, resulta adecuada para explicar las cosas en profundidad.

Dios «permite» se dice todos los males de este mundo. Ha permitido dos guerras mundiales, sufrimientos y crueldades sin fin, torturas, destrucciones, genocidios; después, en tiempo de paz, tifones, terremotos e infinitas calamidades de todo tipo.

A mí personalmente me ha ido bien. Me he ido librando hasta ahora, con algún pequeño arañazo del destino. Por tanto los males del mundo no me han afectado hasta ahora.

Pero he aquí que llega un día en el que se me muere una persona muy querida. Soy golpeado afectivamente en primera persona. Y entonces, de improviso, descubro la realidad del mal. Me planteo el problema metafísico del mal. Pero, atención: se trata siempre del mal mío, puesto que los males de los demás no existían. Digo: «¡Dios mío, pero tú la has tomado conmigo! ¿Y por qué precisamente conmigo? ¿Qué te he hecho yo?». Me pregunto qué mal he hecho yo para merecer tal castigo.

O bien lo miro desde un punto de vista distinto: No es un castigo; por el contrario, es un premio; dicho de otro modo, un beneficio. Esa persona era demasiado buena y santa y pura para tener que seguir viviendo en esta tierra. Dios tenía necesidad de aquella flor y la quiso trasplantar a su jardín del Paraíso. O también: el destino de aquella persona ya se había realizado en la tierra. Diré también, empapándome un poco del Oriente, tal vez en píldoras: su karma se había agotado. Había hecho todo lo que tenía que hacer. Había aprendido todo lo que tenía que aprender. Ahora su misión es distinta y más alta.

Centrando en mí mismo el discurso, podría decir: aquella persona se me ha muerto porque como consecuencia de aquel trauma cayeron, ante mis ojos, los falsos valores a los que había dedicado hasta ahora mi existencia, y por tanto descubrí mi verdadera vocación de apóstol de una causa más universal.

Un pequeño paréntesis. Yo no niego en absoluto que un alma, encarnada en su cuerpo o que esté desencarnada, pueda y deba tener una vocación personal propia. A través de muchas «comunicaciones», deduzco que cada difunto está llamado a evolucionar y ayudar a la evolución de las demás almas con su manera de ser. También todo ser vivo tiene en esta tierra su propia vocación, un deber personal que cumplir.

Karol Wojtyla está llamado a ser un gran papa, pero también mi cartero está llamado a ser un buen cartero, y, añadamos incluso, un gran cartero. El cartero de Vía dei Serpenti en Roma es un muchacho cortés, diligentísimo y extremadamente solícito. Un poco en broma lo llamamos «el cartero santo». En efecto, realiza su oficio como si se sintiera llamado por el cielo a hacer su trabajo lo mejor que puede. La vocación es algo que todos tenemos, no sólo el sacerdote. Lo importante es tomar conciencia de ella. En la otra dimensión, un alma hermosa será una nueva flor para el jardín de Dios, no lo pongo en duda. También una persona que permanece en la tierra pasando por la experiencia del dolor descubrirá una nueva vocación personal y mucho más significativa. Y es Dios el que realiza todo esto: para mí es algo cierto. Pero no porque Dios haya hecho Dios morir a alguien.

Aquella persona ha muerto por una desgracia en la que Dios no se mete. Y Él se introduce en la situación de un mal no querido por Él para transformarlo en un bien, para inspirar una vocación. Así irrumpe Él en la vida, hasta ahora tal vez un poco banal, de una persona cualquiera y transforma a aquella señorita, o a aquella buena señora nada especial, o a aquel hombre gris y mediocre, en apóstoles suyos (como, por otra parte, hizo el mismo Jesús con pescadores y publicanos y otra «gente baja» humanamente incapaz).

En una palabra Dios da la vida, no la muerte, lo mismo que el sol da luz y sólo luz. La sombra es causada por otros cuerpos que se interponen entre los rayos del sol y nosotros. Pero volvamos a tomar el hilo del discurso que estábamos desarrollando. Aquella muerte, que me había parecido el peor de los males, ha resultado en última instancia un bien para mí. Había corrido el riesgo de sentirme trastornado por un mal terrible, sin medida: y he aquí que aquel mal me parece ahora rodeado por los bienes que lo acompañan y tal vez lo superan.

Lo importante es que el mal me parezca limitado y reducido a dosis tolerables, donde prevalezca la suma del bien. Al final podré llagar a decir: «Gracias, Señor, por el bien que me has dado llevándome aquella persona, o también, por el bien que le has dado a ella».

Así resuelvo mi problema personal y sigo sobreviviendo durante una existencia que es muchas veces muy dura. Atención, sin embargo: hasta cierto momento de mi vida yo no había hecho otra cosa que pensar en mí, y, si me fijo bien, sigo sin hacer otra cosa.

He encontrado una explicación del mal que me había golpeado personalmente, de acuerdo; pero ¿qué hay de los atroces sufrimientos de innumerables personas? ¿qué hay de aquellos sufrimientos que no las han liberado ciertamente, como ha sucedido en mi caso, sino que las han destruido y aniquilado completamente?

En los campos de exterminio nazi un Maximiliano Colbe se hizo santo, ¡pero cuántos no se degradaron hasta una condición infrahumana! Pensemos en aquellos que eran llamados los «musulmanes», no sé bien por qué: eran los innumerables hombres y mujeres a quienes la trágica rutina de aquellos antros había reducido a pobres seres sin más voluntad, ni personalidad, ni sentimientos, que por un trozo de pan habrían vendido a la madre y al padre. ¿Qué fin misterioso perseguía una cantidad tan intolerable y apabullante de sufrimiento y degradación?

No ayuda, por tanto, aislar el propio mal, por terrible que sea, para darle una justificación que por fuerza de las cosas seguirá siendo limitada. Fijémonos en la realidad universal. La veremos acompañar de momentos de felicidad y rica en muchas cosas buenas y válidas, pero trágicamente entretejida de un conjunto de males que sería realmente bastante difícil de justificar en su conjunto.

Esto es el mundo: ¿podemos decir que Dios reina en él totalmente? Podremos, sí, admitir ciertamente que exista en las cosas una presencia de Dios. ¡Pero qué limitada! Es una presencia en germen, dinámica, en progresión.

Dante da comienzo al Paraíso con estos versos:


La gloria de Aquél que todo mueve

por el universo entra y resplandece,

en una parte más, menos en otra.


Con palabras menos poéticas: La presencia de Dios en el mundo, en el mundo tal como hoy existe, es parcial. Dios participa en las cosas del mundo, pero de forma limitada: «en una parte más, menos en otra», exactamente.

El mismo Jesús afirma con claridad: «Mi reino no es de este mundo» (Juan 18, 36).

Pero también nos enseña la oración donde el hombre dice al Padre celestial «Santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo» (Mateo 6, 9-10).

Existe, por tanto, una dimensión de la existencia, llamada «cielo», donde Dios reina plenamente y se cumple su voluntad, donde su nombre es santificado, donde las criaturas lo reconocen y adoran.

Pero hay otra dimensión, la «tierra», donde Dios no reina sino de forma bastante imperfecta. Parafraseando el proverbio, diremos que muchas «hojas» se mueven, o «caen» en una dirección que Dios realmente no «quiere».

¿Quiere esto decir que Dios no es omnipotente? Sería una pésima noticia, par muchos que preferirían tener que vérselas con un soberano omnipotente, aunque fuera un poco iracundo, tal vez “ablandable” con adulaciones y súplicas, más bien que con un rey constitucional bueno paro impotente.

Los monarcas de hoy en día ya no son grandes, con todo los continúan siendo muchos: no es realmente culpa suya si las monarquías están en crisis.

Son muchos los que necesitan de un Dios omnipotente que les asegure que el mundo tiene un sentido: en una realidad racional cada uno está protegido y mantenido al amparo de las incertidumbres de un mal incontrolado.

Después, si el Monarca supremo es un poco estrambótico, paciencia. Están dispuestos a tener los ojos bien cerraditos sobre tantas tragedias, para que le Déspota les sea personalmente propicio.

Yo diría que deberíamos librarnos claramente de esta necesidad un poco infantil de estar del todo seguros. Deberíamos abrir los ojos y darnos perfecta cuenta de cómo están realmente las cosas de este mundo. Hay en el mundo una cantidad espantosa de males que no nos aseguran de nada.

Existe no obstante, en la entraña misma de la realidad, un principio del bien que actúa. Es la presencia escondida del Espíritu de Dios, que poco a poco transforma toda la realidad y terminará ciertamente por restablecer el Reino divino en todas las cosas, a todos los niveles.

Éste, sin embargo, es un horizonte de acontecimientos futuros. Es el horizonte escatológico: que se refiere a ta éskata, las cosas últimas. Nuestra experiencia de fe nos dice que al final el reino de Dios triunfará sobre todas las fuerzas adversas. Portae inferi non prevalebunt: las puertas del infierno no prevalecerán. Al final, serán desquiciadas, mientras que el Reino de Dios triunfará sobre le pecado, sobre la muerte y sobre todos los males que actualmente nos oprime.

Pero entre tanto el reino de Dios es como un grano de mostaza (Mateo 13). Está en un proceso de desarrollo. Al final, será una planta grande. El futuro le pertenece. Es en este sentido como Dios es omnipotente: lo puede todo y triunfará sobre todo, pero en la dimensión del futuro escatológico. Hay que tener paciencia, como grande y tenaz es la paciencia de Dios.

No estamos en un mundo ya perfecto, donde todo sucede racionalmente y podemos sentirnos totalmente seguros en cada paso.

Ni tampoco nos encontramos en una realidad total y únicamente precaria, irracional y desesperada, como en un horizonte ateo.

Por el contrario, nos encontramos, sí, en lucha con lo irracional y con toda forma de negatividad, pero confiados en la fuerza del bien al que todo le es posible ya que al final triunfará.

Dios es absoluto en su esfera, pero en la nuestra está encarnado. Aquí la presencia de Dios es limitada y desigual: una vez más «en una parte más, menos en otra», como se decía con el poeta. ¿Pero cómo se explica esta limitación, si no de Dios en sí, de la divina Presencia entre nosotros?

Dios al crear se autolimita, en la medida en que da el ser a criaturas consistentes y autónomas.

¿Qué quiere decir esto? Me explicaré con una comparación sacada de nuestra vida humana. Muchos de los que leen el presente informe son padres. Los padres no crean, sino simplemente procrean: que es algo mucho menor, aunque suficiente para establecer un término de comparación.

Procrear un hijo significa también educarlo, puesto que el traerlo al mundo para después abandonarlo allí y marcharse sería hacer las cosas un poco demasiado a medias. En la educación colaboran otras personas e instituciones: principalmente la que se llama Escuela.

¿De acuerdo? Sigamos adelante. Notaremos que, a medida que crece el hijo, se le reconoce una autonomía cada vez mayor. Al principio forma un todo con la madre. Después se separa de ella; pero es la mamá la que le da de mamar, y después lo corrige y después lo sostiene en los primeros pasos. Más adelante el niño aprende a comer y a caminar por sí mismo. Los maestros lo ayudan en todo, pero después, poco a poco, le dejan cada vez mayor autonomía. Al final, llegado a la universidad, se supone que ya ha aprendido a estudiar por sí mismo y a decidir en todo.

En la medida en que el niño y después el muchacho y después el joven se hace autónomo, los padres saben perfectamente que deben retirarse.

Hay eternos niños que en edad ya senil, pero no ciertamente madura, están todavía unidos a la mamá y de ella dependen en todo; ésta, sin embargo, es una anormalidad patológica. Lástima cuando esto sucede.

Engendrar es dejar espacio, a medida que el hijo necesita de aquel espacio por sí mismo.

Todas las comparaciones son inadecuadas, pero esta imagen terrena nos da una idea de la que puede ser la lógica de la misma acción creadora de Dios. Él nos crea y, en la medida en que nos da consistencia autónoma para existir, se retira para darnos siempre mayor espacio.

Nosotros criaturas podemos hacer el mal, podemos condicionar la creación y echar por tierra el proceso. Podemos matar la Presencia misma de Dios en nosotros. No matamos ciertamente a Dios en sí mismo, en su ser absoluto, pero indudablemente podemos encerrar y sofocar su presencia en nuestro plano.

Una vez creados, Dios se retira de nosotros y el espacio que se nos da es espacio real, como real es la consistencia que nosotros criaturas asumimos. Real es nuestra capacidad de movernos en dirección antievolutiva, negativa. Reales son los daños que podemos aportar al conjunto de la creación y a nosotros mismos.

La libertad que la maestra de una escuela concede a sus pequeños alumnos es bastante limitada. Si los niños hacen demasiado jaleo o corren el riesgo de hacerse mal, la solícita maestra da unas palmadas para suspender el recreo y vuelve a enviar a los pequeños escolares demasiado agitados a sus mesas, donde les manda hacer un dictado o los dicta un problema de aritmética: ¡«Así dice aprenderéis a portaros mejor»!

No parece que Dios intervenga de esta manera cuando está a punto de estallar una guerra. El conflicto explota con todas sus secuelas de atrocidad. La historia del mundo sigue adelante desde hace miles de años con todas las crueldades y las luchas sin cuartel, cuyas premisas estaban ya presentes en el mucho más largo proceso evolutivo de toda la naturaleza, donde cada ser sólo puede sobrevivir comiéndose a los otros seres más débiles.

Ésta es la situación, en la que dramáticamente nos encontramos. El drama es que no hay ninguna maestra que dé unas palmadas de pronto y mande a cada uno a su propia mesa. No estamos en un juego, dirigido por un árbitro que silbe a cada incorrección que ve que se produce. No estamos recitando una comedia, con el director que designa las partes y corrige a aquél que no sigue estrictamente el guión. La realidad es muy dura. Si nos golpean la cabeza nos producen un mal serio. A los males que afligen al mundo ningún Dios puede poner fin golpeando la batuta sobre el atril como un director de orquesta, si uno de sus profesores comete un error. La situación es la que es. Dios llevará todo a buen fin, pero a través de un largo trabajo de épocas. Y es aquí, entonces, donde Dios tiene necesidad de los hombres. Todas las criaturas están llamadas a colaborar en la creación divina del universo, mientras el proceso no se realice y no llegue a su más alta perfección.

Un universo «en el que no cae hoja sin que Dios lo quiera» es una realidad estática. Se supone (un poco demasiado a la ligera) que todo va bien. No es necesario entregarse a hacer muchas cosas. Por el contrario, un universo que Dios sigue creando con la cooperación de los hombres en una tensión constante hacia una meta final de perfección es una realidad dinámica. Es una realidad que evoluciona.

Se trata aquí de una evolución confiada a unas fuerzas que, si hoy se encuentran implicadas de forma muchas veces dramática, al final triunfarán. Esta es la verdadera omnipotencia de Dios.

No es ya, como en una visión atea, la construcción de un castillo de arena a la orilla del mar, que una ola más fuerte podría arrollar de un momento a otro. Es la construcción de un edificio muy sólido, construido en la roca.

Es una empresa, si se quiere, no exenta de aventuras y de riesgos, de pasos atrás, de fases involutivas, de errores a corregir, de intervenciones para mejorar. Sino que es una empresa destinada, en último término, a buen fin. Porque es Dios mismo quien la conduce a través de la evolución del cosmos, de la historia de la salvación y del progreso de las ciencias, de las artes y de las iniciativas humanas.

Dios tiene necesidad de sus criaturas para llevar a la creación a su realización. Él es omnipotente en perspectiva, pero en acto es débil. El filósofo ruso Berdiaev ha escrito que Dios «es menos poderoso que un policía normal del mundo» (Autoconocimiento, capítulo VII).

En una isla perdida del Caribe hay una minúscula república, con un dictador de opereta, que ha puesto sobre ella la más desalmada de las policías, con la que oprime a cuatro desgraciados, los encarcela, los tortura. Dios es más débil que ese dictador, y que esa policía.

Dios mismo está crucificado en todo el que sufre, en todo perseguido, en todo enfermo, incluso en todo pecador prisionero de sí mismo. Dios es nuestro creador, y sin embargo nosotros estamos llamados a ser sus samaritanos. Debemos hacernos hermanos y padre y madre del mismo Dios en el momento en que nos sintamos llamados a tener cuidado de cualquier ser humano, en el que sabemos que el mismo Dios, en Cristo, se encarna.

Me gustaría terminar citando una poesía de Danilo Dolci, un auténtico apóstol que ha promovido en Sicilia iniciativas sociales para los desheredados de la zona de Partinico, al oeste de Palermo. Cuando lo visité en 1953 había acogido, en una pequeña comunidad fraterna, a muchos niños hijos tanto de bandidos como de gente asesinada por los bandidos. Viví con ellos, en verano, un mes en el que adquirí más experiencias que en diez años de mi vida. He aquí la poesía:


Y Tú, oh Dios

por quien camino en este cielo inmenso,

entre nubes de mundos,

estás más solo, eres más pobre que yo:

te he visto tener espasmos bajo el bisturí

que Te curaba una úlcera de estómago,

te he visto borracho

tambalearte, empapado, con los ojos vacíos;

te he visto,

llevando la carretilla cargada,

saltar alegre con los bolsillos nuevos,

con los zapatos limpios,

y llamarme, y tenderme las manos,

feliz con una sonrisa y con un beso.


Me dan pena

aquellos ojos Tuyos de gorrión curioso.


¡Para vivir,

debo ser para Ti hermano!

Y padre.

Y limpiarte la nariz que te gotea,

y socorrerte en los enfermos marchitos,

y construirte una casa de piedra,

maciza y bien plomada,

y curarte sobre mis rodillas,

si Te abrasa la frente abandonada,

y procurarte el pan, y la sopa

y la miel y la fruta que Te agrada:

es como te adoro.


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