Historia de los grandes viajes y de los grandes viajeros




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Tso-cheu.—Tai-yen-fu, Pin-yang-fu.—El río amarillo.—Si-gnan-fu.— El Sze-tchuan.—Ching-tu-fu.—El Tibet.—Li-Kiang-fu.—El Caraján.— Yung-chang.—Mien.—Bengala.—Anam.—Tai-ping.—Cintingui.—Sindi-fu.—Te-cheu.—Tsi-nan-fu.—Lin-tsin-cheu.—Lin-cing.—El Mangi.— Yang-tcheu-fu.—Ciudades del litoral.—Quin-say o Hang-tcheu-fu.— El Fo-kien.


Después de haber residido Marco Polo en Cambaluc, se le encargó una misión que le tuvo ausente de la capital durante cuatro meses. A diez millas de Cambaluc, descendiendo hacia el Sur, atravesó el magnífico río Pe-ho-nor, que él llama Pulisanghi, sobre el que había un hermoso puente de mármol con 24 arcos de 300 pasos de longitud, que no tiene igual en todo el mundo. Treinta millas más abajo encontró la ciudad de Tso-cheu, donde se trabaja especialmente la madera de sándalo. A diez jornadas de Tso-cheu, llegó a la moderna ciudad de Tai-yen-fu, capital del Shan-si, que en otro tiempo fue la residencia de un gobierno independiente; toda la provincia le pareció rica en viñedos y moreras, siendo la principal industria del pueblo la fabricación de ar-neses por cuenta del emperador. A siete jornadas se hallaba la ciudad de Pianfu, hoy día Pin-yang-fu, dedicada principalmente al comercio y al arte de la seda. Marco Polo la visitó, y después llegó a las célebres márgenes del río Amarillo, que él llama Caramoran o río Negro, probablemente a causa del color de sus aguas, obscurecidas por las plantas acuáticas, y dos jornadas más adelante encontró la ciudad de Cacian-fu, cuya posición moderna no han podido determinar con seguridad los comentadores.

Marco Polo, al salir de esta ciudad, donde no vio nada digno de notarse, cabalgó a través de una hermosa comarca,, llena de quintas, de granjas y jardines, y muy abundante en caza. Al cabo de ocho días de camino, llegó a la noble ciudad de Quen-gianfu, la antigua capital de la dinastía de los Thang, esto es, la moderna ciudad de Si-gnan-fu, actualmente capital de Shen-si. Allí reinaba el hijo del emperador Mangalia, príncipe justo y amado de su pueblo, el cual ocupaba fuera de la población un magnífico palacio, construido en medio de un parque cuyas tapias almenadas no medían menos de cinco millas de circunferencia.

Desde Si-gnan-fu, se dirigió el viajero hacia el Tibet, a través de la moderna provincia de Szu-tchuan, comarca montañosa, surcada por grandes valles, donde pululan leones, osos, lobos cervales, gamos, cervatillos y ciervos, y al cabo de veintitrés días de marcha, se encontró en los límites de la gran llanura de Acmelec-Mangi. Este país es fértil, produce en abundancia toda clase de frutos y particularmente el jengibre, de cuya substancia surte a toda la provincia de Catay, y es tal la fertilidad del suelo, que, según refiere un viajero francés, E. Simón, el terreno se vende a 30.000 francos la hectárea, es decir, .a razón de tres francos el metro. En el siglo XIII esta llanura estaba cubierta de ciudades y de castillos, y los habitantes vivían de los frutos de la tierra, del producto de los ganados y de la caza, que proporcionaban a los cazadores un botín fácil y abundante.

Marco Polo llegó entonces a la capital de la provincia de Szu-tchuan, Sindafu, la moderna Ching-tu-fu, cuya población excede actualmente, de quinientos mil habitantes. Sindafu medía entonces veinte millas de circunferencia y se hallaba dividida en tres partes, rodeadas de un modo particular; cada una de dichas partes tenía un rey antes que se hubiese apoderado de ellas Kublai-Kan. Esta ciudad estaba atravesada por el gran río Kiang, muy abundante en pescado, ancho como un brazo de mar y cuyas aguas surcaban innumerables embarcaciones. Marco Polo, después de haber abandonado esta ciudad industrial y mercantil, y al cabo de cinco días de marcha a través de dilatados bosques, llegó a la provincia de Tibet, la cual, según él mismo dice, «está muy desolada, por haber sido destruida por la guerra.» Esta provincia está habitada por muchas fieras: leones, osos y animales feroces de los que se hubieran defendido difícilmente los viajeros, a no ser por esas cañas maravillosamente gruesas y grandes, llamadas bambúes. En efecto, los comerciantes y viajeros que recorren aquellas comarcas por la noche, encienden una gran hoguera con estas cañas, las cuales, al arder, hacen tal estrépito y crepitan de tal modo, que los leones, los osos y las demás fieras, huyen espantados; por nada del mundo se aproximarían al fuego. He aquí cómo se produce ese gran ruido: se toman cañas de esta clase, muy verdes, y se ponen muchas de ellas juntas en una hoguera hecha con leña; al cabo de cierto tiempo que están en el fuego, se retuercen y abren por el medio, con tal estrépito, que por la noche se oye a diez millas de distancia, y quien no está acostumbrado a este ruido, siente un gran sobresalto, tan fuerte y espantoso es el estrépito; los caballos que no lo han oído nunca, se asustan tanto, que rompen las cuerdas y las riendas y huyen despavoridos, lo cual acontece con frecuencia; pero cuando se sabe que no están habituados a ese ruido, se les venda los ojos y se les traba de las cuatro patas, de suerte que al oir aquel estrépito no pueden huir. De esta manera es como se libran los hombres y los animales de los leones, osos y demás alimañas, que son muy numerosos en este país.» El procedimiento referido por Marco Polo, se emplea todavía en las comarcas que produce el bambú, y verdaderamente el estrépito de estas cañas devoradas por las llamas, puede compararse con el más violento estampido de los petardos de un fuego artificial.

Según la relación del viajero veneciano, el Tibet es una gran provincia que tiene su lengua particular y cuyos habitantes idólatras forman una raza de temibles ladrones; atraviesa aquella provincia un río importantísimo, el Khin-cha-kiang, cuyas arenas son auríferas, y se recoge el coral, con el que se engalanan las mujeres, y sirve también de adorno a los ídolos. El Tibet se hallaba entonces bajo el dominio del gran kan.

Marco Polo, al salir de Sindafu, tomó la dirección hacia el Oeste. Atravesó el reino de Gaindu y llegó probablemente a Li-kiang-fu, capital de esta comarca, que forma en el día el país de Si-mong. En esta provincia visitó un hermoso lago que produce las ostras perlíferas, cuya pesca está reservada al emperador. Es un país en que se recogen abundantes cosechas de clavo, de jengibre, canela y otras especies.

Salió del reino de Gaindu, y después de atravesar un río, tal vez el Irauadi, torció decididamente al Sudeste, y penetró en la provincia de Carajan, región que formaría probablemente la parte nordeste del Yunnan. Según dice el viajero, los habitantes de esta provincia, casi todos buenos jinetes, se alimentan con carne cruda de gallina, de carnero, de búfalo y de toro, sistema de alimentación que era general, y solamente las personas acomodadas aderezaban la carne cruda con una salsa de ajo y de buenas especias. El territorio abundaba en grandes culebras y monstruosas serpientes de horrible aspecto, reptiles que seguramente serían aligátores, de diez pasos de largo, provistos de dos patas armadas con uñas, y colocadas en la parte anterior, cerca de la cabeza, la cual era tan grande, que podía, tragarse un hombre.

A cinco jornadas al oeste de Garajan, Marco Polo, haciendo nuevo rumbo hacia el Sur, entró en la provincia de Zardandan, cuya capital, Nocian, forma la ciudad moderna de Yung-chang. Todos los habitantes de esta ciudad tenían dientes de oro, es decir, que la moda era entonces cubrir sus dientes con pequeñas láminas de oro, las cuales se quitaban cuando quedan comer. Los hombres eran todos jinetes y sólo se ocupaban en amaestrar halcones, cazar e ir a guerrear. De los trabajos penosos estaban encargados las mujeres o los esclavos. Los zardandienses no tenían ídolos ni templos, pero adoraban al mayor de la familia, es decir, al antepasado, al patriarca. El reparto de comestibles se hacía por medio de carruajes semejantes a los que usan los panaderos en Francia. No tenían médicos, sino hechiceros que saltaban, bailaban y tocaban instrumentos al lado del enfermo hasta que se moría o se curaba.

Al dejar la provincia de los hombres de dientes de oro, Marco Polo, siguiendo por dos días el gran camino que sirve para el tráfico entre la India y la Indochina, pasó por Bamo, donde se celebraba tres veces a la semana un gran mercado que atraía a los comerciantes de los países más remotos. Cabalgó quince días seguidos por los bosques llenos de elefantes, unicornios y otros animales salvajes, y llegó a la gran ciudad de Mien, esto es, aquella parte del alto Birman, cuya actual capital, de reciente construcción, se llama Amapura. Esta ciudad de Mien, que fue tal vez la antigua ciudad de Ava, hoy arruinada, o la ciudad de Paghan, situada en el Irauadi, poseía una verdadera maravilla arquitectónica, consistente en dos torres, la una construida con hermosas piedras y cubierta enteramente con una lámina de oro, ambas destinadas a servir de sepulcro al rey de Mien, antes de que su reino cayese en poder del kan.

Después de visitar esta provincia, bajó hasta Bengala, la actual Bengala que en aquella época, 1290, no pertenecía aún a Kublai-Kan. Los ejércitos del emperador se ocupaban entonces en conquistar este fértil país, rico en algodón, jengibre y en cañas de azúcar, y cuyos magníficos bueyes igualaban en magnitud a los elefantes. Desde allí se aventuró el viajero hasta Cancigú, en la provincia de este nombre, probablemente la actual ciudad de Kassay. Los habitantes de este reino se pinchaban el cuerpo, y por medio de agujas se dibujaban en el rostro, el cuello, el vientre, las manos y las piernas, figuras de leones, dragones y pájaros, considerando como el ser humano más hermoso al que llevaba mayor número de esta clase de pinturas.

Cancigu es el punto más lejano a que llegó Marco Polo en este viaje; al salir de esta ciudad subió al Nordeste; y por el país de Amu, que es el Annam y el Tonquín actual, llegó, después de quince días, a la provincia de Toloman, hoy departamento de Tai-ping. Allí encontró aquellos hermosos hombres de piel morena, aquellos valientes guerreros que han coronado sus montañas con fuertes castillos y cuyo alimento habitual consiste en carne de animales, leche, arroz y especias. Dejando a Toloman, Marco Polo visitó la provincia de Guigui o Chintingui y su capital, que lleva el mismo nombre. Lo que más le llamó la atención en esta comarca, y hay motivos para creer que el explorador era un cazador resuelto, fue el gran número de leones que recorrían las llanuras y las montañas; pero los comentadores están de acuerdo en que los leones de Marco Polo debían ser tigres, puesto que no existen en China leones: He aquí, no obstante, lo que dice en su relación: «Hay tantos leones en este país, que no se puede dormir fuera de casa sin ser devorado por ellos. Lo mismo sucede cuando se va por un río y hay que detenerse en cualquier parte, pues es preciso dormir lejos de tierra, porque de lo contrario, llegan hasta las barcas los leones, que son muy grandes y peligrosos; pero lo maravilloso es que en esta comarca hay perros que tienen la audacia de asaltar a los leones, aunque es preciso que sean dos perros, porque dos perros y un hombre pueden más que un león.»

Desde esta provincia pasó directamente Marco Polo a Sindiu, capital de la Szu-tchuan, de donde había partido para efectuar su excursión al Tibet, y volviendo a emprender la ruta recorrida, regresó al lado de Kublai-Kan, terminando. felizmente la misión que le llevara a Indochina.

Es de suponer que entonces encargase el emperador a Marco Polo otra misión en la parte sudeste de la China, «la más rica y comercial de este vasto imperio», dice Pauthier en su bella obra sobre el viajero veneciano, y la parte también sobre la cual se han obtenido más noticias en Europa desde el siglo XVI. Si hemos de guiarnos por el itinerario trazado en el mapa de Pauthier, al salir Marco Polo de Cambaluc, se dirigió al Mediodía, a la industriosa ciudad de Giangli, que sería probablemente Te-cheu, y, seis jornadas más allá a Condinfu, la actual ciudad de Tsi-nan-fu, capital de la provincia de Chan-tung, donde nació Confucio. Era ésta entonces una gran ciudad, la más notable de toda la comarca, muy frecuentada por los mercaderes de seda, y cuyos maravillosos jardines producían una gran cantidad de frutos. A tres jornadas de Condifu, fue a parar Marco Polo a la ciudad de Lin-tsin-cheu, situada al principio del gran canal de Yun-no, punto de escala de innumerables buques dedicados a transportes de mercaderías del Mangi y del Catay. Ocho días después, pasó por Ligui, que parece ser la actual ciudad de Ling-cing; después por Pi-ceu, población mercantil de la provincia de Tohiangsu; luego a la. ciudad de Cingui, llegando a Cara-moran, o sea el río Amarillo, que ya había atravesado al dirigirse a la Indochina. En este punto, no distaba más que una legua de la embocadura de esta gran arteria china, y después de atravesarla, se encontró el viajero en la provincia de Mangi, territorio designado con el nombre de imperio de los Song.

Antes de pertenecer dicho reino a Kublai-Kan, estaba gobernado por un rey pacífico, que no gustaba dé los crueles azares de la guerra, y que se mostraba compasivo con los desgraciados. He aquí los términos en que hablaba de él Marco Polo, pues lo hace tan bien, de un modo tan agradable, que nos impulsa a copiar aquí sus mismas palabras: «Este último emperador de la dinastía de los Song gastaba tanto, que era un prodigio. Voy a referir dos rasgos muy nobles de su munificencia. Cada año mantenía a su costa veinte mil criaturas, porque en esta provincia tienen la costumbre las mujeres pobres de abandonar sus hijos en cuanto nacen, cuando no pueden criarlos. El rey los mandaba recoger todos, los hacía inscribir bajo el signo y el planeta en que habían nacido, y los daba a criar en diversos lugares, porque allí abundaban las nodrizas. Cuando un rico no tenía hijos, acudía al rey, y éste mandaba que le dieran los que quería y los que más le agradaban. Después, el rey, cuando los niños y las niñas llegaban a la edad núbil, los casaba unos con otros y les daba con qué vivir; de esta suerte cada año educaba más de veinte mil, tanto varones como niñas. Cuando iba por algún camino y veía alguna casa pequeña en medio de dos grandes, preguntaba por qué aquella casa no era tan grande como las demás, y si se le contestaba que por ser de un pobre no podía ser mayor, mandaba que la edificaran por su cuenta, tan bella y alta como las otras. Este rey se hacía servir siempre por dos mil jóvenes de ambos sexos. Hacía tan severa justicia en su reino, que jamás se cometía en él crimen alguno; por la noche, permanecían abiertas las casas de los comerciantes, y nadie quitaba cosa alguna de ellas, y se podía viajar lo mismo de día que de noche.»

A la entrada de la provincia de Mangi, encontró Marco Polo la ciudad de Coigangui, actualmente Hoai-gnan-fu, situada en la orilla del río Amarillo, y cuya principal industria consiste en la elaboración de la sal que extrae de sus lagunas. A una jornada de esta ciudad, siguiendo una calzada construida con magníficas piedras, pasó el viajero por la ciudad de Pau-in-chen, célebre por sus tejidos de oro; por la ciudad de Caiu, actualmente Kao-yu, cuyos habitantes son pescadores y cazadores, y después por la de Tai-cheu, adonde afluyen numerosas embarcaciones, llegando por fin a la ciudad de Yangui.

Esta ciudad de Yangui es la moderna Yang-tcheu, de que fue gobernador Marco Polo durante tres años. Es una ciudad muy populosa y muy comercial, que no mide menos de dos leguas de circunferencia. De Yangui, partió Marco Polo a verificar diversas exploraciones que le permitieran estudiar minuciosamente las ciudades del litoral y del interior.

El viajero primeramente se dirigió hacia el Oeste y llegó a la ciudad de Nan-king, que no hay que confundirla con el Nankín actual. Su nombre moderno es Ngan-khing, y se halla situada en una provincia muy fértil. Marco Polo se internó todavía más en la misma dirección y llegó a Saian-fu, la moderna Siang-yang que está situada en la parte septentrional de la provincia de Hu-kuang, cuya ciudad fue la última del Mangi que resistió la dominación de Kublai-Kan. El emperador la sitió durante tres años, pero sus defensores se resistían tenazmente, y si se apoderó al fin de ello, lo debió al concurso de los tres Polo que construyeron poderosas balistas que aplastaron a los sitiados bajo una lluvia de piedras, algunas de las cuales pesaban hasta trescientas libras.

De Saianfu, retrocedió Marco Polo, con el objeto de explorar las ciudades del litoral. Volvió, pues, a entrar en Yang-tcheu. Visitó a Singui (Kiu-kiang), situada sobre el Kiang, de una legua de anchura en aquel sitio, y que puede dar paso hasta a cinco mil buques a la vez; después fue a Kaingui, que surte de trigo a la mayor parte de la corte del emperador; a Cinghianfu (Chingiam), donde había dos iglesias cristianas nestorianas; a Cinguigui, actualmente Tchang-tcheu-fu, ciudad mercantil e industrial, y a Singui, actualmente Su-tcheu o Sucheu, gran ciudad cuya circunferencia es de seis leguas, y que según la exagerada relación del viajero veneciano, tenía a la sazón más de seis mil puentes.

Después de residir por algún tiempo en Vugui, probablemente la actual Hu-tcheu-fu, y en Ciangan, hoy día Kia-hin, entró Marco Polo, al cabo de tres jornadas, en la noble ciudad de Quinsay, cuyo nombre significa Ciudad del Cielo, y actualmente se llama Hang-tcheu-fu. Tiene seis leguas de circuito y la atraviesa el río Tsien-tang-kiang, el cual, ramificándose hasta lo infinito, hace de Quinsay otra Venecia. Esta capital de los Song tiene una población casi como Pekín; el pavimento de sus calles es de losas y ladrillos; cuenta, según dice Marco Polo, «seiscientas mil casas, cuatro mil establecimientos de baños y doce mil puentes de piedra». Allí viven los comerciantes más ricos del mundo, con sus mujeres, que son hermosas y angelicales criaturas. Es residencia de un virrey, que gobierna en nombre del emperador más de cuarenta ciudades, viéndose todavía allí el palacio del antiguo soberano del Mangi, rodeado de hermosos jardines, lagos, y que encierra más de mil habitaciones. El gran kan saca de esta ciudad y su provincia inmensos recursos, y cuenta por millones de francos el producto de la sal, del azúcar, de las especias y de la seda, que forman los principales productos del país. A una jornada al Sur de Quinsay, después de haber recorrido un país encantador, Marco Polo visitó a Tampigui (Chao-hing-fu), a Vugui (Hu-tcheu), a Ghengui (Kui-tcheu), a Cianscian (Yen-tcheu-fu, según Charton, Sui-tchang-fu, según Pauthier), y Cugui (Kiutcheu), última ciudad del reino de Quinsay; después entró en el reino de Fugui, cuya principal ciudad, del mismo nombre, es en el día Fu-cheu-fu, capital de la provincia de Fo-kien. Según Marco Polo, los habitantes de este reino eran guerreros crueles, que jamás perdonaban a sus enemigos, se bebían su sangre y se comían su carne. Después de haber atravesado Quenlifu (Kien-ning-fu), y Un-guen, Marco Polo hizo su entrada en la capital de Fugui, probablemente la ciudad moderna de Huangcheu, que sostiene un gran comercio de perlas y piedras preciosas, y después de cinco jornadas de camino llegó al puerto de Zaitem, probablemente la ciudad de Tsuen-tcheu, punto extremo visitado por él en la exploración de la China Sudorienta.

IV

El Japón.—Partida de los tres Polo con la hija del emperador y los embajadores persas.—Saigón.—Java.—Cóndor.—Bintang,—Sumatra.— Las islas Nicobar.—Ceylán.— La costa de Coromandel.—La costa de Malabar.—El mar de Omán.—La isla de Socotora.—Madagascar.—Zanzíbar y la costa africana.—La Abisinia.—El Yemen, el Hadramán y el Omán.—Ormuz.—Regreso a Venecia.—Una fiesta en casa de los Polo.—Marco Polo prisionero de los genoveses.—Muerte de Marco Polo hacia 1323.

Marco Polo, después de haber terminado felizmente la exploración de que hemos hablado, volvió sin duda a la corte de Kublai-Kan, donde se le confiaron diversas misiones que le eran fáciles por sus conocimientos de las lenguas mongola, turca, mantchua y china. Es probable que formase parte de una expedición a las islas de la India, haciendo a su regreso una circunstanciada relación acerca de la navegación de aquellos mares todavía poco conocidos, pues se tienen pocos pormenores de su vida desde esta época. Su relación da detalles minuciosos de la isla de Cipangu, nombre aplicado al grupo de islas que componen el Japón, pero no parece que visitara este reino. El Japón era entonces un país célebre por sus riquezas, y hacia 1264, algunos años antes de la llegada de Marco Polo a la corte tártara, Kublai-Kan había intentado conquistarlo. Su flota llegó felizmente a Cipangu y se apoderó de una ciudadela cuyos defensores fueron pasados a cuchillo, pero una tempestad dispersó los bajeles tártaros y no dio ningún resultado la expedición. Marco Polo refiere esta tentativa circunstancialmente, citando varias particularidades relativas a las costumbres japonesas.

Hacía diecisiete años, sin contar los que habían empleado en el viaje de Europa a China, que Marco Polo, su tío Mateo y su padre Nicolás se hallaban al servicio del emperador. Tenían deseos de volver a su patria, pero Kublai-Kan, que los estimaba y apreciaba en extremo sus méritos, no podía decidirse a dejarlos partir; así es que hizo todo lo posible para revocar aquella resolución y les ofreció inmensas riquezas si consentían en quedarse a su lado.

Los tres venecianos persistieron en sus designios de regresar a Europa; pero el emperador se negó resueltamente a autorizar su partida. Marco Polo no sabía cómo burlar la vigilancia de que eran objeto, cuando un incidente hizo cambiar a Kublai-Kan de determinación.

Un príncipe mongol, llamado Arghun, que reinaba en Persia, había enviado una embajada al emperador para pedirle en matrimonio a una princesa de la sangre real. Concedió Kublai-Kan al príncipe Arghun la mano de su hija Cograta y la hizo partir con numerosa comitiva, pero las comarcas que debía atravesar la escolta para ir a Persia no ofrecían ninguna seguridad, y pronto quedó detenida la caravana en su camino por motines y rebeliones y tuvo que regresar al cabo de algunos meses a la residencia de Kublai-Kan. Entonces fue cuando los embajadores persas oyeron hablar de Marco Polo como . de un navegante instruido, bastante práctico én el Océano Indico, y suplicaron al emperador que le confiase la princesa Cograta para conducirla a su prometido, surcando aquellos mares menos peligrosos que el continente.

Kublai-Kan accedió, por fin, a esta demanda, no sin alguna dificultad, e hizo equipar una flota de catorce buques de cuatro mástiles, repostándola de provisiones para un viaje de dos años. Algunos de estos bajeles contaban con doscientos cincuenta hombres de tripulación; era, pues, una expedición importante y digna del opulento soberano del imperio chino.

Mateo, Nicolás y Marco Polo partieron con la princesa Cograta y los embajadores persas. ¿Fue acaso, durante esta travesía, que duró dieciocho meses, cuando Marco Polo visitó las islas de la Sonda y la India, de las que hace una completa descripción? Puede admitirse hasta cierto punto, sobre todo en lo relativo a Ceylán, y al litoral de la península india. Vamos, pues, a seguirle durante todo el decurso de su navegación y a referir las descripciones que hace de estos países tan imperfectamente conocidos entonces.

Fue hacia el año 1291 o 1292 cuando la flota, mandada por Marco Polo, zarpó del puerto de Zaitem, que había ya visitado el viajero durante su viaje por las provincias meridionales de la China, y se dirigió a la vasta comarca de Ciamba, situada al sur de la Cochinchina que comprende la provincia de Saigón, perteneciente hoy a Francia. El viajero veneciano había visitado ya aquella provincia hacia el año 1280, para desempeñar una misión que le había confiado el emperador, y en esta época pagaba Ciamba a este soberano un tributo anual consistente en cierto número de elefantes. Cuando Marco Polo recorrió el país, el rey que lo gobernaba tenía trescientos veintisiete hijos, ciento cincuenta de los cuales se hallaban en estado de tomar las armas. Al dejar la península camboyana, la flota se dirigió hacia la pequeña isla de Cóndor; pero antes de describirla, cita Marco Polo la gran isla de Java, de la que nunca había podido apoderarse Kublai-Kan, isla que posee grandes riquezas, y que produce en abundancia la pimienta, la nuez moscada, la cubeba, el clavo y otras preciosas especias. Después de haber tocado en Cóndor y en Sandur, extremo de la península Cochinchina, llegó Marco Polo a la isla de Pentam «(Bintang), situada cerca de la entrada oriental del estrecho de Malaca, y a la isla de Sumatra, a la cual llama la pequeña Java.» Esta isla se halla situada tan al Mediodía, dice Marco Polo,, que jamás se ve en ella la estrella polar»; lo cual es cierto respecto a los habitantes de su parte meridional. Es una fértil comarca donde crece el áloe y donde se encuentran elefantes salvajes, rinocerontes, llamados por Marco Polo unicornios, y monos que van en numerosas manadas. La flota tuvo que hacer en aquellas costas una estada de cinco meses a causa del mal tiempo, y el viajero se aprovechó de este incidente para visitar las provincias de la isla, tales como Sumatra, Dagrean, Labrin, que cuenta con gran número de hombres ron rabo (evidentemente monos), y Fandur, es decir, la isla de Panchor, donde crece el sagú, del cual se saca una harina para hacer un pan excelente.

Por fin los vientos permitieron a las naves abandonar a la pequeña Java, y después de tocar en la isla de Necaran, que debe ser una de las de Nicobar, del grupo de las Andamán, cuyos naturales son aún en ei día antropófagos como en tiempo de Marco Polo, la flota tomó la dirección del Sudeste, y arribó a las cosías de Ceylán. Esta isla, dice la relación, era mucho mayor en otro tiempo, porque tenía tres mil seiscientas millas, según se ve en las cartas de los pilotos de este mar; pero el viento del Norte sopla con tal fuerza en estos parajes, que ha hundido parte de esta isla en el agua, «tradición que todavía se conserva entre los habitantes de Ceylán». Allí es donde se recogen en abundancia los nobles y buenos rubíes; los zafiros, los topacios, las amatistas y otras piedras preciosas, tales como granates, ópalos, ágatas y sardónicas. El rey del país poseía en aquella época un rubí de un palmo de largo, y grueso como el brazo de un hombre, encendido como el fuego. El gran kan quiso comprarlo, pero no lo consiguió, a pesar de ofrecer a este soberano una ciudad.

A sesenta millas al oeste de Ceylán encontraron los navegantes la gran provincia de Maabar, que no debe confundirse con Malabar, situada en la costa occidental de la península india. El Maabar forma la parte sur de la costa de Coromandel, muy apreciada por sus pesquerías de perlas, donde viven algunos encantadores que hacen inofensivos los monstruos marinos para los pescadores, especie de astrólogos cuya raza se ha perpetuado hasta los tiempos modernos. Marco Polo da interesantes detalles acerca de las costumbres de los indígenas, de la muerte de sus reyes, en honor de los cuales se arrojan los señores al fuego, sobre los suicidios religiosos, que son frecuentes, sobre el sacrificio de las viudas, que entregan su cuello al hacha del verdugo al morir el marido, sobre las abluciones bicuotidianas a que obliga la religión, sobre la aptitud de los indígenas, para ser buenos fisonomistas, y sobre su confianza en las prácticas astrológicas y en los adivinos.

Después de haber permanecido en la costa de Coromandel, Marco Polo se dirigió al Norte hacia el reino de Muftili, cuya capital es actualmente la ciudad de Masulipatam, población principal del reino de Golconda. Este país estaba gobernado por una reina, viuda hacía cuarenta años, que quiso permanecer fiel a su esposo; allí se explotaban ricas minas de diamantes, situadas en montañas desgraciadamente infestadas de serpientes, pero para recoger las piedras preciosas sin peligro, han ideado los mineros un medio muy singular. «Toman varios pedazos de carne, dice el viajero, y los arrojan en aquellos precipicios escarpados adonde nadie puede bajar, y al caer la carne sobre los diamantes quedan éstos prendidos en ella. En las montañas viven águilas blancas que cazan, las serpientes; cuando estas águilas ven la carne en el fondo de los precipicios, caen sobre ella y la arrebatan; entonces los hombres que han seguido los movimientos del águila, no bien la ven ocupada en comerse la carne, lanzan grandes gritos, el águila espantada levanta el vuelo sin llevarse su presa, temiendo que la sorprendan los hombres, y llegando éstos, toman la carne y los diamantes que han quedado pegados a ella. A veces también, cuando se come el águila los pedazos de carne, arroja los diamantes en su excremento, del que se extraen aquéllos.

Después de visitar la ciudad de Santo Tomás, a algunas millas al sur de Madras, donde reposa el cuerpo del apóstol Santo Tomás, exploró Marco Polo el reino de Maabar y la provincia de Lar, de donde son oriundos los «abraimanes» del mundo, probablemente los brahamanes. Estas gentes, según dice el viajero, alcanzan una edad muy avanzada, gracias a su sobriedad y abstinencia; y algunos monjes llegan a la de 150 o 200 años, no comiendo más que arroz y leche y bebiendo una mezcla de azufre y azogue. Estos abraimanes son mercaderes hábiles, aunque supersticiosos, pero de muy buena fe; no quitan nada a nadie, no matan a ningún ser viviente, cualquiera que sea, y adoran el buey, que es para ellos un animal sagrado.

Desde este punto de la costa volvió la flota a Ceylán a donde había enviado Kublai-Kan, en 1284, una embajada que le trajo unas supuestas reliquias de Adán, y entre ellas dos muelos; pues si ha de darse crédito a la tradición de los sarracenos, el sepulcro de nuestro primer padre debía estar situado en la cima de la escarpada montaña que forma el punto más elevado de la isla. Después de haber perdido de vista a Ceylán, pasó Polo a Cail, puerto que parece haber desaparecido de los mapas modernos, y en el cual tocaban entonces todos los buques procedentes de Ormuz, de Kis y de Aden y de las costas de Arabia. Desde allí, doblando el cabo de Comorín, punta de la península, llegaron los navegantes á la vista de Coilum, el Culam actual, que era, en el siglo XIII, una ciudad muy comercial. Allí es donde se recoge particularmente la madera de sándalo, y el añil, y adonde acuden a traficar en gran número los mercaderes de Levante y Poniente.

El país de Malabar es muy fértil en arroz, no faltando animales salvajes, tales como los leopardos, que Marco Polo llama «leones negros», y también papagayos de diferentes especies, y pavos reales, que son más hermosos que sus congéneres de Europa.

Al dejar la flota a Coilum, corriéndose hacia la costa de Malabar, llegó a las riberas del reino de Eli, que toma su nombre de una montaña situada en el límite del Kanara y del Malabar; allí se recoge pimienta, jenjibre, azafrán y otras especias. Al norte de este reino se extiende la comarca llamada por el viajero veneciano Melibar, que se halla situada al norte del Malabar propiamente dicho, y frecuentada por los mercaderes del Mangi, que negocian con los indígenas de aquella parte de la India y cargan sus embarcaciones con excelentes especias, magníficas telas y otras mercaderías de precio; pero muchas veces caen los barcos en manos de los piratas de la costa, considerados como marinos muy temibles. Estos piratas habitan particularmente en la península de Gohurat, hoy Gudjarate, hacia la cual se dirigió la flotilla después de haber reconocido a Tanat, comarca donde se recoge el incienso pardo, y de Canbaot, actualmente Kambayet, ciudad que hace un importante tráfico de cueros. Después de haber visitado a Sumenat, ciudad de la península, cuyos habitantes son idólatras crueles y feroces, y a Kesmacoran, probablemente la actual ciudad de Kedge, capital de la comarca de Makran, situada al este del Indo, cerca del mar y a la altura de la India, entre el Occidente y el Norte, Marco Polo, en vez de subir hacia la Persia, donde le esperaba el prometido de la princesa tártara, se lanzó hacia el Oeste al través del vastó mar de Omán.

Su insaciable pasión de explorador le arrastró hasta quinientas millas de las playas de Arabia, y abordó a las islas Macho y Hembra, llamadas de esta manera porque en una habitan los hombres y en otra las mujeres, a quienes no visitan más que durante los meses de marzo, abril y mayo. Al dejar estos islotes, la flota hizo vela al Sur hacia la isla de Socotora, situada a la entrada del golfo de Aden, de la cual reconoció Marco Polo algunos puntos. Este explorador habla de los habitantes de Socotora, hábiles hechiceros que obtienen con sus encantos lo que quieren y dominan los huracanes y las tempestades; después, descendiendo mil millas hacia el Sur, impulsó su flota hasta las riberas de Madagascar. Dice el viajero que esta isla es una de las mejores y más grandes del mundo. Sus habitantes se dedican al comercio, y en especial al tráfico de colmillos de elefante; se alimentan con carne de camello, que es mucho mejor y más sana que cualquiera otra. Los mercaderes que van a dicha isla desde las costas de la India, sólo emplean veinte días en atravesar elmar de Omán; pero al regresar necesitan al menos tres meses, a causa de las corrientes contrarias que propenden incesantemente a rechazar hacia el Sur. No obstante, frecuentan mucho la isla, porqué les suministra madera de sándalo, de cuyos árboles existen bosques enteros, a cambio de telas de oro y de seda, con lo cual obtienen grandes utilidades. No faltan en este reino animales salvajes ni caza, según Marco Polo, abundando los leopardos, osos, leones, ciervos, jabalíes, jirafas, asnos salvajes, cervatillos, gamos y otras clases de ganado; pero lo que más llamó la atención del veneciano fue ese supuesto grifo, esa ave monstruosa de que tanto se habla en las Mil y una noches, el cual no es, como se cree, un animal mitad león y mitad ave, capaz de arrastrar un elefante entre sus garras. Este pájaro maravilloso, era probablemente el epyornis máximus, del que se encuentran algunos huevos todavía en Madagascar.

Desde esta isla subió Marco Polo hacia el Noroeste, pasó por Zanzíbar y la costa africana, cuyos habitantes le parecieron demasiado gruesos, pero fuertes, y capaces de llevar la carga de cuatro hombres, «lo cual no debe causar extrañeza, porque cada uno de ellos come como cinco». Estos indígenas eran negros e iban enteramente desnudos; tenían la boca enorme, la nariz remangada, los labios y los ojos grandes, descripción exacta que se aplica todavía a los naturales de dicha parte del África. Estos africanos viven de arroz, carne, leche y dátiles, y fabrican su vino con arroz, azúcar y especias. Son guerreros y valientes que no temen la muerte; combaten sobre camellos y elefantes, armados de un escudo negro de cuero, una espada y una lanza, y excitan a sus cabalgaduras, embriagándolas con un brebaje espirituoso.

En tiempo de Marco Polo, según hace observar Charton, se dividían en tres partes los países comprendidos bajo la denominación de la India: la India Mayor, es decir, el Indostán y todo el territorio situado entre el Ganges y el Indo; la India Menor, o sea el país situado allende el Ganges y comprendido entre la costa Oeste de la península y la Cochinchina, y por último, la India Media, es decir, la Abisinia y las costas arábigas hasta el golfo Pérsico.

Al abandonar a Zanzíbar, Marco Polo, subiendo hacia el Norte exploró el litoral, y primeramente la Abasia o Abisinia, país muy rico, donde se fabrican hermosas telas de algodón y de bocací. Después tocó la flota en Zeila, puerto situado casi a la entrada del estrecho de Bab-el-Mandeb, y por último, siguiendo las costas de Yemen y de Hadramaut, pasó a la vista de Aden, puerto frecuentado por todos los buques que hacen el comercio con la China; de Escier, ciudad que exporta gran número de caballos; de Dafar, que produce un incienso de primera clase; de Calatu, en la actualidad Kalajate, situada en la costa de Omán, y finalmente de Cormos, o sea Ormuz, población que Marco Polo había visitado al ir desde Venecia a la corte del rey tártaro.

En este puerto del golfo Pérsico fue donde terminó su travesía la flota armada por el emperador mongol. La princesa había llegado, por fin, a los límites de la Persia, después de una navegación de dieciocho meses, pero su prometido, el príncipe Arghun, había, muerto en una guerra civil que ensangrentaba el país. La princesa quedó confiada al hijo de Arghun, el prínsipe Ghazán, que no subió al trono hasta 1295, cuando el usurpador, hermano de Arghun, fue estrangulado. Se ignora lo que fue de la princesa, pero antes de separarse de Marco, de Nicolás y de Mateo Polo, dióles prueba de gran reconocimiento.

Es probable que mientras Marco Polo permaneció en Persia recogiera curiosos documentos sobre la gran Turquía, pero algunos fragmentos sin ilación terminan su relato, verdadera historia de los kanes mongoles de la Persia. Sus viajes de exploración habían terminado ya. Después de haberse despedido de la princesa tártara, los tres venecianos, bien escoltados y libres de toda dase de gastos, tomaron el camino de tierra para regresar a su patria. Fueron a Trebisonda, de aquí a Constantinopla, y después a Negroponto, donde se embarcaron para Venecia.

Marco Polo volvió a entrar en su ciudad natal en el año 1295, veinticuatro años después de su partida. Los tres viajeros, tostados por los ardores del sol, toscamente vestidos con ropas tártaras, conservando en sus maneras los usos y costumbres mongoles y sin el hábito de hablar la lengua veneciana, no fueron conocidos ni aun de sus más próximos parientes. Por otra parte, habíase esparcido hacía largo tiempo el rumor de su muerte, y nadie esperaba volverlos a ver nunca más; fueron a su casa y la encontraron ocupada por diferentes miembros de la familia Polo, quienes acogieron a los viajeros con suma desconfianza, como sin duda merecía su pobre apariencia, y no dieron ningún crédito a los relatos algún tanto extraordinarios que hizo Marco Polo. Sin embargo, al ver su insistencia, los admitieron en aquella casa de que eran verdaderamente legítimos poseedores.

Algunos días después, Nicolás, Mateo y Marco, queriendo destruir hasta las menores sospechas acerca de su identidad, dieron un magnífico banquete seguido de una espléndida fiesta, a la que fueron invitados los diversos miembros de su familia y los principales señores de Venecia.

Cuando estuvieron reunidos todos los convidados en el salón aparecieron los tres Polos vestidos con trajes de raso carmesí. Los convidados pasaron a la sala del banquete y comenzó el festín. Después del primer servicio, Marco Polo, su padre y su tío se retiraron un instante y volvieron espléndidamente vestidos Con suntuosas telas de damasco que hicieron pedazos y distribuyeron entre los convidados. Después del segundo servicio, volvieron a vestirse con trajes todavía más ricos que los anteriores, de terciopelo carmesí que conservaban hasta el fin del banquete, y entonces volvieron a aparecer vestidos a la moda veneciana.

Maravillados y absortos estaban los convidados al ver aquel lujo de vestidos, y sin saber adonde.irían a parar sus anfitriones, cuando éstos mandaron que les trajeran los vestidos toscos que les habían servido durante su viaje; después, deshaciendo las costuras y arrancando los dobleces, hicieron esparcirse por el suelo rubíes, zafiros, carbunclos, esmeraldas y diamantes, todas piedras preciosas de inestimable valor. Aquellos harapos ocultaban inmensas riquezas.

Este espectáculo tan inesperado disipó toda clase de dudas, y los tres viajeros fueron reconocidos por quienes eran realmente, Marco, Nicolás y Mateo Polo, recibiendo de todos los convidados las más sinceras pruebas de afecto.

Un hombre tan célebre como Marco Polo, no podía librarse de los honores cívicos; así es, que fue llamado a la primera magistratura de Venecia, y como hablara sin cesar de los «millones» del gran kan que mandaba «millones» de súbditos, se le llamó a él mismo, Señor Millón.

Hacia esta época, en 1296, estalló una guerra entre Venecia y Génova. Una flota genovesa mandada por Lamba Doria, surcaba las aguas del Adriático y amenazaba el litoral. El almirante veneciano, Andrea Dándolo, armó al punto una flota superior en número a la genovesa, y confió el mando de una galera a Marco Polo, que con justicia era tenido por un navegante afamado. Sin embargo, en la batalla naval que se trabó el 8 de septiembre de 1296, fueron vencidos los venecianos, y Marco Polo quedó gravemente herido y prisionero de los genoveses. Los vencedores, conociendo y apreciando el valor de su prisionero, le trataron con muchas consideraciones y fue conducido a Genova, donde las principales familias, deseosas de oir sus relatos, le hicieron la más favorable acogida; pero si ellos no se cansaron de escucharle, en cambio él se cansó de relatar, y habiendo conocido en 1298, durante su cautiverio, a Rusticiano de Pisa, le dictó la narración de sus viajes.

Habiendo recobrado su libertad en 1299, el ilustre viajero volvió a Venecia, donde contrajo matrimonio. Desde esta época, no cuenta nada la historia acerca de los diversos incidentes de su vida, y únicamente se sabe por su testamento, fechado en 9 de enero de 1323, que dejó tres hijas y se cree que murió por aquella época a la edad de setenta años.

Tal fue la existencia de este célebre viajero, cuyas narraciones tuvieron una influencia considerable en el progreso de las ciencias geográficas. Hasta mediados del siglo XVIII los documentos sacados de la obra de Marco Polo sirvieron para los estudios geográficos, así como para las expediciones comerciales en la China, la India y el centro de Asia; así es que la posteridad no ha podido menos de aprobar el título que los primeros copistas dieron a la obra de Marco Polo: El libro de las maravillas del mundo.
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